LAGUNA DE VOCES
Los huesos del cuerpo reconocen, con todo tipo de dolores, la llegada de las lluvias. Son de una exactitud y sabiduría única, porque al resquebrajamiento de las manos, se suman las rodillas que hacen ruidos llenos de misterio, como si los hilos que permiten manejarlas se hubieran llenado de herrumbre, para quedarse trabados y con ello las piernas de quien se da cuenta que, el resto de su vida padecerá el dolor eterno de quien no tiene sosiego ni descanso en la existencia.
Verdaderamente, confiesan quienes padecen estas angustias, somos una especie de marionetas que se deshilachan con las lluvias, porque nada hace más daño a las madejas que cruzan el cuerpo, que ese frío raro y mal intencionado que se monta en los aguaceros, y busca hacernos pisar el agua de los charcos, cruzar las calles a zancadas, para caer justo donde el agua llega hasta las rodillas; y por lo tanto es seguro que el simple dolor se transforme en algo más, mucho más grave.
De alguna manera el cierre de un año trae música a los esqueletos taciturnos que todo el tiempo andan con la idea de que el tiempo se acaba, de que con suerte se podrá cruzar la barrera de otro año, y por lo tanto todo ha dejado de tener seguridad alguna.
Puede que sea lo bueno de los huesos tintineantes, melódicos que alguien escuchará si pone atención y pueda descifrar si vienen de las vértebras, el cráneo y su casco de hueso duro como piedra, los tobillos que son únicos en hacer historias.
Es posible que sea la edad, pero seguramente son más producto del programa con que cada ser humano fue producido, y por programa uno debe entender eso que llaman código genético, que cada vez tiene que ver más con asuntos rutinarios de fabricación.
Las melodías son más claras en la noche, cuando ha llovido todo el día y hace frío, ese que anuncia el invierno, que transforma las plazas comerciales en paisajes nórdicos, con todo y nieve que, en una de esas, puede que llegue a Pachuca, la del viento, la de calles del centro histórico cada vez menos nostálgicas y tristes, que dieron paso a los cafés que dirigen muchachas y muchachos que los vieron en otros lugares, y comprendieron que cuando menos aquí, el clima invita a guarecerse en un lugar donde sirvan esa bebida que tranquiliza el alma.
Aunque en esos asuntos de alma, siempre que rechinan los huesos, que hacen música, muchos se preguntan si no deveras somos marionetas que crecen, luego llegan a viejas y finalmente se deshilachan hasta quedar convertidos en madejas de hilos y más hilos.
Con el frío se piensan tantas cosas.
Mil gracias, hasta mañana.


