17.1 C
Hidalgo
jueves, febrero 19, 2026

Las sombras en la sombra del estacionamiento

Más Leídas

LAGUNA DE VOCES

Los días de sol hacen que pueda apreciarse con más detalle su existencia, porque dibujan a detalle su presencia, ajena a quien la porta que, debe decirse, en muchos casos no la merecen fruto de su negligencia y falta de atención para otorgarle el reconocimiento que sin duda merecen. Es posible afirmar que muchas sombras podrían andar solas, altivas, ajenas a quienes nunca hicieron nada por ser dignas de ellas, pero por desgracia su existencia es tan efímera que mueren primero que el cuerpo en que se dibujan.

Son figuras y eso las hace más sinceras, ajenas a la necesidad que tiene un rostro de aparecer risueño o triste: todas esas actitudes que usan para aparentar lo que no sienten. En cambio, la sombra es simplemente ella, incapaz de engañar, de mentir, de fingir dolor cuando no lo sienten, aunque muy posiblemente la alegría es el don más constante de su vida que se manifiesta por una tendencia a dar brincos, o temblores que son posibles de ser perceptibles con un poco de viento.

Seguramente te has topado con alguna sombra que se le escapa a su dueño en días sofocantes por el clima y que se esconden detrás de un muro, bajo un toldo, en el interior de un estacionamiento donde se pierde y solo expertos en su búsqueda, en ocasiones, logran dar con ella.

Son muy criticadas porque “sombras dentro de las sombras” resultan un absurdo, y lo son, pero solo ellas sabrán al final de cuentas lo que padecen cuando acompañan a sus dueños o dueñas que las desconocen, las ignoran, porque con todo y que las traen puestas, no dejan de buscar una sombra ante el implacable sol. Se dan cuenta de su inutilidad por “ser sombras que no dan sombra”, y eso cada día las reduce a ser menos, a desinteresarse por regresar a su labor cotidiana.

Hace poco en una provincia de China, todos sus habitantes se dieron cuenta, en una mañana-tarde con el sol más intenso del que hayan tenido memoria, que sus sombras no aparecían por ninguna parte, que se negaban a salir porque, dijeron, no servían absolutamente para nada, como no fuera un artilugio que se porta desde infantes. Algunas a fuerza de ruegos y lágrimas de niños y niñas, que se habían espantado por su extraña desaparición, peor aún, apenas empezado el año nuevo del caballo, decidieron reaparecer, pero en todos los adultos no hubo poder que les hiciera recapacitar.

Pasó que, sin sombra, las personas se despegaban del suelo, no es que volaran, pero sí flotaban a unos centímetros, incapaces de adherirse al mismo con esa especie de pegamento que eran sus sombras.

Algunos aseguraron que esa era su función, pero nadie les creyó. Si acaso una acción secundaria de su existencia, y tampoco se le podía confundir con el alma, que va dentro del cuerpo y nadie ve. Luego entonces tuvieron que conformarse con la explicación de que operaban como un pegamento.

Después de algún tiempo pudieron observarse otras consecuencias de su ausencia: dolores en la columna, profunda tristeza y movimiento raros en las personas que hacían sus hombros para atrás, como si llevaran un chaleco que les apretaba.

Pero la sombra, las sombras de todos no regresaron.

De los edificios inanimados, de los árboles que, sí son seres vivos, nunca hubo noticia alguna de que hubieran perdido su sombra. Al contrario, se veían más llenas de vida, más decididas a la vida. Igual de las mascotas y en general de todos los animales. Vaya pues que hasta las ratas que salían en el calor de las alcantarillas, se podían ver correteadas siempre por sus sombras.

Es el espectáculo más grave y preocupante ver que caminamos sin nuestras sombras, escondidas con bastante regularidad, en los estacionamientos techados de muchos pisos. Nadie sabe si regresarán o no, y esperamos con sincera preocupación y nostalgia de su compañía, que un día cualquiera reaparezcan, igual que cuando se fueron.

Mil gracias, hasta mañana.

Autor

- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img

Últimas noticias