RETRATOS HABLADOS
“En México nada acaba del todo. Siempre vuelve a empezar”, dice Arturo Pérez-Reverte en su novela histórica, “Revolución”. Y puede que tenga razón, porque la manía de cada nuevo gobierno por la descalificación absoluta de quienes se fueron, “todo estaba mal, debemos partir de cero”, ha dado como resultado un proceso cíclico en que solo se ha conseguido un atraso real en todos los rubros.
Esta inercia refundacional no es una casualidad ideológica ni una simple inmadurez democrática; es la constatación de que el ejercicio del poder en nuestra tierra se rige aún por las máximas de Nicolás Maquiavelo en El Príncipe, quien con fría lucidez advertía que la única forma segura de conservar un territorio acostumbrado a vivir libre es destruirlo, arrasando con sus leyes e instituciones previas para evitar que resurja el enemigo liquidado. En la lógica del florentino, la herencia del gobernante anterior debe ser borrada de la faz de la tierra para que nadie pueda reclamarla ni usarla como bandera de rebelión.
Y ese es precisamente el gran problema de nuestra historia contemporánea: cada gobierno parece que entra en guerra abierta con buena parte de la sociedad, al creer paranoicamente que ahí, entre los ciudadanos críticos, la prensa independiente y las clases medias, se esconde la resistencia encubierta que acabará con él.
De nuevo es el viejo asunto del poder, ese veneno invisible que enferma las mentes más preclaras, el que tira por la borda al personaje que un día creímos indicado, sensato y patriota para manejarlo.
Hoy, esta patología se hace dolorosamente evidente en la sorpresiva reaparición de Andrés Manuel López Obrador, quien mediante una carta de supuesto apoyo a la presidenta Claudia Sheinbaum, no hace más que proyectar sus propias sombras sobre el nuevo mandato. Este gesto, revestido de una falsa benevolencia paternalista, solo deja ver que el poder se puede tal vez heredar con éxito en una monarquía absoluta donde los lazos de sangre aseguran la sumisión dinástica; pero cuando se pretende heredar a quien no es hijo o hija, el camino inevitablemente lleva de vuelta a entorpecer su labor, a no reconocer su capacidad intrínseca y su legitimidad en las urnas.
Capacidad que, sin lugar a dudas, sí tiene la presidenta Sheinbaum, una mujer científica, estructurada y con una trayectoria propia que no merece ser eclipsada por el eco del sexenio anterior. El empeño del ex presidente por intervenir, por dictar directrices desde el supuesto retiro y por enviar misivas de tutoría política, revela un intento constante de erigirse como el gran protector, el guardián de la fe que hará que se respete la investidura, cuando subconscientemente lo que pretende es mantener las glorias y los reflectores solo para él.
Como anotaba William Shakespeare en su tragedia Macbeth, el poder tiene una naturaleza voraz que devora la tranquilidad y nubla el juicio de quien lo ha poseído, generando una adicción tan honda que el retiro se vuelve una farsa insoportable. En el mismo sentido, George Orwell advertía en 1984 que «el poder no es un medio, es un fin en sí mismo», y que nadie toma el poder con la intención de renunciar a él plenamente; la tentación de seguir moviendo los hilos detrás del trono es el reflejo de esa insaciable necesidad de control.
Al final del día, esta tutoría perversa violenta la esencia misma de nuestra República. México no necesita monarcas en la sombra ni patriarcas que validen el derecho de una mujer a gobernar. El voto de millones de mexicanos le otorgó el mandato directo a ella, y no a una extensión del pasado.
Ya es tiempo, por el bien de las instituciones y del futuro del país, de que rompan las cadenas del cordón umbilical político, de que asuman la madurez histórica de la alternancia real y, de una vez por todas, dejen gobernar con plena autonomía, libertad y soberanía a la primera presidenta de México.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.




