RETRATOS HABLADOS
Mentir, prometer lo que nunca habrá de cumplirse, ha sido una de las estrategias más usadas por lo políticos en ascenso al poder y cuando ya lo tienen en sus manos. Ejemplo patético de estos tiempos es el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, quien, sin ningún recato, sin ápice de vergüenza, ha construido la narrativa de su gobierno en eso: mentir. Lo mismo se puede afirmar de cuanto dictador ha existido en nuestro Continente, y de cuanto iluminado a gobernador de México.
Seguramente al principio de sus acciones, y con el objetivo de justificar lo injustificable, se convencen a sí mismos de que es parte de un plan para ganar la elección, pero después descubren que, sin ese elemento, la mentira, simplemente no podrán mantenerse como jefes de una nación.
Finalmente se convencen de que el pueblo, siempre el pueblo al que se entregan y al que dicen pertenecer, es lo que buscan sus mandatarios, urge de ser engañado, de promesas imposibles de cumplir, de colgarle al primer sujeto que se cruce en su camino, el carácter de persona casi milagrosa, cercana al Mesías que, tropical o no, acaba por ceder a ese ceremonial y auto investirse como el Salvador del país, del planeta y del Universo.
Así, el ejercicio del poder deja de ser un contrato de realidades para convertirse en un teatro de sombras. La historia nos enseña que este veneno no conoce fronteras ni distinciones ideológicas.
En los Estados Unidos, la edificación de la posverdad encontró precedentes en las cintas de Nixon con el caso Watergate o en las armas de destrucción masiva que George W. Bush inventó para invadir Irak. Sin embargo, la cúspide de este fenómeno la encarna Donald Trump, elevado a la categoría del rey indudable de la mentira moderna: un personaje que transforma la falsedad cotidiana en doctrina, manipula la realidad a través de juicios inventados sobre fraudes electorales inexistentes, y convierte el desprecio por los datos objetivos en la piedra angular de su culto político.
De este lado de la frontera, en este México insaciable de esperanza y generoso en el perdón, la ficción gobernante ha transitado por las ficciones del Primer Mundo de Salinas de Gortari o cómica actuación de Fox.
No obstante, esta dinámica alcanzó su máxima expresión en la figura de Andrés Manuel López Obrador, quien desde la tribuna pública de sus mañaneras elevó el engaño a la categoría de dogma de fe. Apoyado en sus «otros datos», desmanteló verdades presupuestales, prometió sistemas de salud utópicos que nunca llegaron y construyó un edificio de otros datos donde la violencia y la opacidad eran disueltas por la sola fuerza de su palabra matutina.
En ambos líderes, la mecánica del engaño siguió la misma partitura tragicómica: el gobernante miente primero por táctica, pero pronto acaba habitando el mito que él mismo diseñó, exigiendo que la nación entera acepte la fantasía como verdad suprema.
El verdadero drama no radica únicamente en los mandatarios que ocupan las sillas presidenciales, sino en la fragilidad de una sociedad que consiente la farsa. Al final, cuando el encantamiento se rompe ante la obstinada realidad, la historia despoja al Mesías de sus ropajes mágicos, dejándonos la amarga certeza de que un pueblo dispuesto a ser seducido por el engaño, está condenado a ser gobernado por sus propios fantasmas.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.


