LAGUNA DE VOCES
Solo a veces, unos días en la vida, damos por hecho que comprendemos la razón de estar aquí, en un lugar que sentimos nuestro, único, el mejor del universo. Luego nos enteramos de lo que representa, no La Tierra, no el sistema solar, sino la galaxia entera en lo que se conoce del cosmos, y caemos en una tristeza que empieza a transformarnos en diminutas hormigas, aunque la verdad, estas son gigantes en el intento comparativo. De tal modo que una mota de polvo puede ser el planeta, y luego entonces sus habitantes seguramente nada por tener que empezar a medirse en la longitud de Planck.
Es decir que es un paseo tan ínfimo, que desde que existimos, empezamos a recibir consejos de abuelos y tatarabuelos, de que más vale hacerse a la idea de que no morimos, sino que nos esfumamos, igual que un acto de magia en que el ilusionista desaparece a su ayudanta. Esa es la palabra: desaparecer, sin dejar rastro alguno de que estuvimos por los rumbos que calificamos como únicos, que, dicho sea de paso, sí lo son.
Y sin embargo se supone que somos los únicos seres vivos que tienen conciencia de su propia existencia, con los ojos humanos del perro que nos mira con insistente vocación porque descubramos algo que quiere decirnos. Muy posiblemente seamos menos conscientes de que todo el tiempo, nos persigue el gran prestidigitador con ánimo de practicar sus pases mágicos y simplemente borrar todo vestigio de lo que fuimos, o nunca fuimos.
Y, sin embargo, ese espacio que ocupamos por un suspiro de tiempo, solo medible con longitud de Planck, debemos considerar el más basto del universo, el que nos pone a salvo de las manos del Gran Mago, que para el conteo que usamos son muchos años, pero que en términos del universo es un algo que nunca existió, y solo aparatos de última generación podrían registrarlo.
Pero lo atesoramos como lo más valioso, abrazamos el recuerdo de las personas amadas, de la voluntad única que hicimos nuestra, no para escapar del destino infausto, sí para hacer más llevadero el tránsito de los seres infinitamente diminutos que somos, a un lugar donde seguro tendrá más valor lo que soñamos, que lo que somos en la cruda realidad.
Así que no, no comprendemos la vida, y con seguridad será ella la que nos comprenda, porque llegamos a la existencia sin saber hacer otra cosa que reírnos a la menor provocación, mirar con la única moneda valiosa que nos fue entregada, es decir el amor para intentar guardarlo, luego perderlo, y siempre encontrarlo.
Y sin embargo, mota de polvo o no, seres que se esfuman a la menor provocación, un día decidimos que teníamos el justo derecho de amar entrañablemente el lugar donde pasamos la vida, las personas que nos han acompañado, la rutina cotidiana que al rato se desbarata para volver a construirse; el movimiento que implica hacerlo, el lujo único de mirar el cielo nocturno y descubrir que nadie mirará como miramos la diminuta rendija del universo sin límites, sin fronteras, sin principio, por lo tanto sin fin.
Baste el amor que estemos dispuestos a dar, cualquiera que sea el resultado que arroje la longitud de Planck, para saber que nadie podrá repetir el suspiro, la alegría, la tristeza por lo mirado, lo admirado en este sitio del que desapareceremos cuando lo decida el Gran Prestidigitador, el único.
Mil gracias, hasta mañana.


