La esperanza que nutre el alma

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LAGUNA DE VOCES

No hay nada como tener esperanza, y por eso dicen que es lo último que se pierde, luego de tiempos interminables en que parece se ha escondido para siempre. Hay sin embargo, personas que nunca la pierden, que la guardan celosamente en las gavetas más secretas del alma, para que pueda ser usada en las situaciones más críticas, cuando todos los demás han claudicado y dicho a los cuatro vientos que todo estaba perdido, que la mejor posibilidad de sobrevivencia era simplemente desecharla y huir, o dejar que todo, absolutamente todo, terminara, se hiciera polvo igual al del Génesis y tal vez, modelados con otra suerte, otro destino, las cosas fueran menos trágicas.

Pero la historia misma de la humanidad habría dejado de existir, sin los que se aferran a la esperanza más discreta, más leve, más invisible en la mente de todos los demás, y que de nueva cuenta arranca esta larguísima historia del género humano, que se amarra de ese salvavidas para seguir, siempre seguir en esa búsqueda incesante del sentido que debe tener la existencia.

Sobran los que celebran que poblaciones enteras de un continente decidan abandonarse a lo que tenga que venir, sin esperanza alguna en un momento mejor para vivir con sus seres amados, y simplemente en la búsqueda de la amarga sobrevivencia, sin expectativas de nada, como no sea apurar el fin, en una realidad en la que los responsables de esta situación nunca pagan el mal hecho, porque la historia del mundo ha sido siempre esa.

Y, sin embargo, en esas condiciones, las más terribles, todos hemos sido testigos de la esperanza no como necia vocación de creer en lo que no cambiará, pero sí como elemento sustancial para que las cosa se acomoden casi milagrosamente, y de nuevo surja ese camino único en que se traza uno nuevo, donde desaparecen los hombres de poder que ordenan masacres, que se auto nombran salvadores, y terminan por ser la poca cosa que siempre fueron.

Hay, lo dije arriba, personas únicas que nunca renuncian a la esperanza, que la cuidan, que la comparten incluso, que la irradian y eso hace la diferencia en un camino que se antojaba para siempre oscuro, directo al desasosiego, al dolor hiriente del alma.

Debe ser que en ese lugar que nadie conoce del cuerpo humano, se guarda ese elemento que marca la diferencia, y que incluso un alma sin esperanza, se reduce a ese hálito divino, pero sin vocación real por hacer seres únicos.

Así que cuando pase la tormenta, y por tormenta me refiero al dolor agudo de la nostalgia indescriptible por lo que ya no será en la vida,  es preciso buscar en cada rincón de la casa, del lugar donde pasamos la mayor parte de la vida, y encontrar, volver a encontrar ese diminuto implemente que todos traemos de nacimiento, y que se llama esperanza.

Y por el amor de Dios, no se vaya confundir y quiera ponerse a bailar como aquella del autobús, y quiera creer que un partido político puede ser la esperanza de un país. Porque si hay algo que nunca será esperanza de nada, es el asunto político, y de eso no debemos tener la menor duda.

La verdadera esperanza es el elemento sustancial que nutre el alma, y el alma no pelea por el poder, no se aficiona a mandar a otras almas. No, el alma es la sustancia fundamental que recibimos al nacer, y que en algunos llega a perderse, en otros se achica; pero en las personas únicas y seleccionadas que han salvado a la humanidad a lo largo de su historia, se mantiene idéntica, única, bondadosa porque comparte esa esperanza en lo más vital de cada ser humano, que siempre va relacionado con esa afición por querer hacer el bien, sin mirar a quién.

Mil gracias, hasta mañana.

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