Espejos de la realidad
La bolsa blanca estaba más pesada de lo que recordaba.
Vencida en la base, abierta por un costado. Isabel la levantó con las dos manos y se la pegó al cuerpo, sosteniéndola contra el pecho para que no se abriera en el pasillo, sintiendo cómo la humedad atravesaba el plástico.
Siempre pasa. Una cree que separa bien las cosas, pero luego te das cuenta del cochinero que se hace.
La dejó en el piso, junto a la puerta, y se agachó a acomodarla. Metió la mano sin cuidado y empujó lo que se salía: cartones doblados, una bolsa más chica, vidrio envuelto en periódico. El plástico crujió un poco. Luego tocó las hojas.
Las empujó hacia adentro, pero volvían a levantarse, tercas, sin quedarse donde las dejaba. Tuvo que meter más la mano, aplastarlas con la palma, hacerlas entrar.
Había escrito en papeles distintos: hojas arrancadas de una libreta, otras sueltas, una en la parte de atrás de un recibo. Nunca se detuvo a pensar en eso. Escribía donde encontraba espacio. No esperaba volver a leerlos completos. Tampoco que alguien más los viera.
Todos se sentían iguales cuando estaban cerrados. El mismo grosor, el mismo doblez repetido. Lo sostuvo un momento sin abrirlo. Pasó el dedo por la marca.
Ese.
El que decía te quiero.
Lo reconoció por las esquinas vencidas, ese lo había abierto más veces. No necesitaba leerlo otra vez.
Lo apretó en la mano hasta deformarlo.
Lo regresó a la bolsa.
Se quedó con la mano dentro un segundo más, tocando el resto.
Sacó la mano.
Hizo el nudo rápido, sin acomodar bien las orillas. Nunca le quedaban cerradas del todo. Siempre había un hueco por donde asomaba algo: un pedazo de cartón, una esquina de papel, un borde que no terminaba de esconderse.
Se quedó de pie un momento, con la mano encima de la bolsa.
Pensó en abrirla otra vez.
Sacar las hojas. Guardarlas en otro lado.
No lo hizo.
Abrió la puerta.
Bajó el escalón con cuidado, sosteniendo la bolsa por el nudo. No estaba bien hecho, se sentía flojo, y por eso la llevaba más arriba de lo normal, pegada al cuerpo, tratando de que no se venciera con el movimiento.
La calle ya estaba medio llena de bolsas de basura. Negras, casi todas con doble nudo.
La suya resaltaba.
La dejó encima de las otras. Quedó un poco ladeada, con una esquina levantada que dejaba asomar un pedazo de cartón y algo más, papel tal vez, que no terminaba de esconderse.
Se quedó ahí.
No haciendo nada.
Solo viéndola.
Había algo en esa bolsa que no se parecía a las demás, aunque en el fondo todas fueran lo mismo: basura, basura, ¿basura?
El camión se detuvo con un jalón seco que hizo que todo adentro se moviera apenas antes de volver a asentarse. Las bolsas de arriba chocaron entre sí, un ruido opaco, como si algo se acomodara sin querer hacerlo.
—Échala —dijo uno desde arriba.



