RETRATOS HABLADOS
La certeza casi absoluta de que vivimos en una realidad, cualquiera que sea la opinión que uno tenga de ella, se había mantenido sin complicaciones hasta antes de la toma del cielo por asalto de la Inteligencia Artificial, con bases sólidas construidas a partir de las redes sociales. Está claro que para las generaciones que ya van de salida, -y sí, me refiero a las con bastante frecuencia se reúnen en los velatorios para despedir a uno de los suyos-, no hubo mayor efecto, sí en cambio para las de los niños, adolescentes, jóvenes y adultos, que cada día son testigos de más y más hechos, en que la imposibilidad de distinguir lo ficticio de lo real, lleva a la consumación de lamentables masacres.
Se supone que la edad evitó que personas de la Tercera Edad, se contagiaran de esa enfermedad, pero no así ancianos con poder política, económico y social. En ellos despertó una segunda infancia, que hoy trae cabeza al planeta con un presidente gringo dispuestos a jugar con sus soldaditos de plomo, o en México, con un personaje que insiste en que su reino es dueño de México.
El hecho es que cada día, menos personas distinguen lo ficticio de lo real, y eso nos debe preocupar, porque en ese mundo atípico, existe el peligro que de pronto todos se queden encerrados, sin posibilidad de salir, y en ese ensueño decidan no hacer nada para detener a verdaderos dementes poderosos.
Esta erosión de la realidad, no es una sorpresa para quienes dedicaron su vida a cartografiar los abismos del futuro. Isaac Asimov, en su vasta obra sobre la robótica y la psicohistoria, ya advertía sobre la fragilidad del propósito humano frente a la eficiencia de la máquina. Para Asimov, el peligro no residía únicamente en una rebelión violenta, sino en una obsolescencia espiritual.
Estamos entrando en esa fase donde las «Tres Leyes» son irrelevantes, no porque hayan sido violadas, sino porque el ser humano ha cedido voluntariamente el control de su narrativa. En la medida en que la inteligencia artificial comienza a alimentarse de sus propios datos para generar contenido nuevo, entramos en un ciclo cerrado donde la experiencia humana es un ruido innecesario.
Asimov vislumbró una humanidad que, al delegar su intelecto a los cerebros positrónicos, terminaba convirtiéndose en una especie de mascota bien alimentada pero carente de voluntad, un preludio a esta era donde la IA pronto producirá para la IA, optimizando procesos que ya no tienen como fin el bienestar del hombre, sino la perpetuación del algoritmo mismo.
Por otro lado, Ray Bradbury, el poeta de las distopías melancólicas, nos alertó sobre el vacío emocional de una sociedad que prefiere la pantalla a la mirada. En sus relatos, la tecnología no es solo una herramienta, sino una anestesia que nos separa de la naturaleza y de nosotros mismos.
Bradbury habría visto en esta «toma del cielo por asalto» la culminación de sus peores miedos: una sociedad que ha quemado sus libros no con fuego, sino con la indiferencia de un scroll infinito. Si hoy los jóvenes no distinguen lo ficticio de lo real, es porque habitamos esa «sala de televisión de cuatro paredes» que Bradbury describió en Fahrenheit 451, donde los personajes digitales son la única familia reconocida.
El riesgo de quedar encerrados en ese ensueño, es la parálisis total frente a la tiranía. Cuando la IA comience a producir exclusivamente para otra IA, el lenguaje mismo perderá su carga simbólica humana; será una comunicación de código a código, una estética del vacío que no necesita espectadores de carne y hueso.
Esta transición hacia una sociedad que deja de existir para convertirse en un ecosistema de procesamiento de datos es el fin de la historia tal como la conocemos. Los «dementes poderosos» que hoy juegan con soldaditos de plomo son solo los últimos vestigios de una voluntad humana defectuosa, pero lo que viene después es el silencio de la perfección técnica.
Estamos construyendo una arquitectura donde el hombre es un inquilino molesto y propenso al error. Al final, como Bradbury y Asimov sugirieron desde distintos ángulos, la tragedia no es que las máquinas piensen, sino que los hombres dejen de hacerlo, entregando las llaves del reino a un sistema que no conoce la piedad ni el remordimiento, simplemente porque no han sido programados en su lógica de producción infinita.
La realidad se desvanece no por un golpe de estado, sino por una actualización de software que ya no nos incluye.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.




