Nadie es dueño de su tiempo hasta que lo ha vivido. La evolución del Estado mexicano ha sido notable en el último siglo.
En esos días del año 1915 los enfrentamientos de la Revolución y las tensiones internacionales de la Primera Guerra Mundial presentaban un panorama general de profunda incertidumbre. La Ciudad de México hacía las veces de puerta giratoria de los grupos armados que llegaban a tomar el poder y que después se veían obligados a salir ante el asedio de sus enemigos. La ciudad sufrió hambre y un severo deterioro económico, al igual que muchas regiones del país. La población venía decreciendo de un poco más de 15 millones de habitantes en 1910, a cerca de 14.8 millones. Tres cuartas partes de la población habitaba en zonas rurales dispersas y carentes de servicios públicos, electricidad, transporte y caminos; el analfabetismo, la precariedad alimenticia y de salud azolaban a la población rural. En el interior de la República, muchas regiones seguían divididas por cantones o partidos territoriales. En ese tiempo 116 mil extranjeros habitaban nuestro país; 71% eran hombres y sólo el 29% mujeres de los cuales, casi dos terceras partes, habitaban en el Distrito Federal, Chiapas (predominantemente guatemaltecos), Veracruz y Sonora. Este es el mes en el que Álvaro Obregón derrota a Villa y abre el camino para el acceso de Venustiano Carranza al poder, quien a finales de ese año sería reconocido de facto por los Estados Unidos. A principios de abril de 1915, los pueblos de Europa y Asia desconocían su futuro. La incertidumbre de la Gran Guerra se estancaba en un impasse y se asemejaba al laberinto de trincheras que impedía vislumbrar un resultado viable y el regreso de la paz. En ese tiempo la lucha revolucionaria mexicana estaba a días de lograr el establecimiento de un régimen constitucional comprometido con la defensa de la soberanía y la justicia social. México logró la paz de su confrontación interna antes de que Europa lograra su inequitativo e inestable armisticio, y antes de que la Rusia zarista iniciara la epopeya que dividió al mundo en un sistema económico, ideológico y militar bipolar. A un siglo de distancia, nuestro país figura entre las principales economías del mundo, nuestra capacidad económica nos coloca en los primeros lugares en exportación de productos y bienes intermedios. Nuestra población supera los 119 millones de habitantes y representa un mercado interno de gran importancia. El sistema político sustentado en un régimen de libertad democrática garantiza el cambio de poderes entre civiles, conforme al orden constitucional. Somos una nación donde la mayoría habita en áreas urbanas con servicios públicos, educación y salud. Contamos como un sistema político —perfectible— que reconoce la participación ciudadana como sustento del sistema democrático.
México ha crecido. Es imperativo asegurar en todo el país la vigencia del sistema electoral que tanto esfuerzo ha significado construir, sin cortapisas ni amenazas de excepción. Es fundamental lograr que el clima de paz social se consolide con ofertas electorales que promuevan una visión competitiva de opciones y contribuyan a evitar ánimos de violencia, división social o confrontación extrema. Al igual que muchas naciones, los grandes avances tienen la jerarquía de sus soluciones y la dimensión de sus problemas. Nada es tan útil para ver los hechos trascendentes como la distancia que da la historia. La lección que da el tiempo indica que los pasos que hemos dado no admiten retroceso.
Rúbrica. Como el Cristo de Iztapalapa. Ciclo recurrente que nos recuerda que los sexenios son como la Semana Santa. Inician en domingo de ramos y luego no faltan los fariseos que enardecen a la gente gritando: “¡crucifíquenlo!”
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