LAS FRESAS DEL OLMO
Vale recordarlo un Cinco de Mayo: La ciudad de México le dio a López Velarde el balcón desde donde observar y describir nuestra suave patria. Fue en la capital donde el poeta de Jerez moduló precisa su voz, acompañado de la memoria, del paso presente de los tranvías, del barullo de los transeúntes y de los muy diversos toques sensoriales e intelectuales que la eléctrica ciudad, grata e ingratamente, le aplicaba a flor de piel, o en las entrañas.
Desde la capital, balcón y escenario de turbulencias y serenidades, Ramón López Velarde giró la vuelta de tuerca que hace única a su poesía, y alzó la voz “a la mitad del foro… para cortar a la epopeya un gajo”.
Uno de los rayos que iluminó marcando la voz del poeta se lo asestó Ana Pavlowa, como escribe él su nombre. La Pávlova o Pavlova, estrella conocida y admirada en el mundo entero, visitó por primera vez México en 1919. El productor que la contrató, temiendo no atraer al público (que era poco afecto al ballet), organizó para la Pavlova un espectáculo acompañándola con artistas de revista, una cantante popular y un clown, entre otros intérpretes muy diversos.
Sin habérselo anunciado a la bailarina, un maestro la acompañó con su violonchelo: irrumpió en el escenario Pablo Casals. Al son de sus cuerdas, la Pavlova bailó. Al terminar, la bailarina se le acercó y lo abrazó, gesto que el respetable festejó con una ovación.
Hubo un acto especial de la Pavlova, “Espectáculo mexicano”, con la coreografía de una farandulera mexicana, no precisamente experta en el ballet, Eva Pérez, también cómica de teatro de revista, cantante y bailarina de populares. Eva enseñó a la Pavlova los pasos del “Jarabe tapatío”, que tenía como centro su número mexicano. El escenógrafo fue Alfonso Best Maugard. La Pavlova vistió de China Poblana, y su pareja, de charro. La estrella del ballet universal interpretó de puntitas el “Jarabe tapatío”.
Esa temporada de la Pavlova en México empezó con un público frío, pero terminó por ser un éxito rotundo, con dos representaciones en una plaza de toros, y lleno total. Pero no nos acordaríamos de su visita si no fuera por algunos poemas, entre otros, los de Tablada y López Velarde que escribió: “Piernas/ … de ondina/ y de aldeana/ Piernas/ en las cuales/ danza la Teología/ funerales y epifanía… alborozos y lutos… Mística integral/ melómano alfiler sin fe de erratas,/ que yendo de puntillas por el globo/ las libélulas atas y desatas”.
En este poema estalla la química poética lopezvelardiano: la Pavlova, sin quererlo, le dio parte de la fórmula secreta. La “nueva” estrella de la danza enfundada en China Poblana le planteaba La Conciliación de los contrarios, unificaba el pasado con la modernidad, la tradición con la renovación, lo local con lo universal. Lo nuevo y lo antiguo intercambiaban signos. Las decimonónicas “chinas” —mujeres libres, económicamente autosuficientes, sin padre, hermano o marido que las gobernara, mujeres del pueblo, incluyendo las chinas de faldas de picos que cobraban por sus servicios sexuales— se elevaban a un rango mítico. Lo erótico prohibido y la permisión se unían de una puntada —de puntillas—.
En la danza estaba además el sombrero de charro, prenda del ranchero o vaquero que allá en nuestro Lejano Norte emprendiera una reprogramación de la idea de lo mexicano: en él, con él, no éramos ya más los vencidos por los conquistadores, algún día dueños del mundo, sino el Hombre del futuro, el fundador, el protagonista de la expansión, ese ideal acariciado que terminamos por perder con el despojo del territorio de la última franja de Texas. Ideal que gustara a nuestros próceres decimonónicos —como ranchero se hizo retratar Hidalgo, el “Padre de la patria”—, ideal que era popular entre tirios y troyanos— como lo mismo se vistieron Zapata y Villa.
En la danza de la Pavlova eso se volvía otra vez presente, y futuro. En el ojo de López Velarde lo hacíamos de puntitas. Pocos años después, en 1923, el “Jarabe tapatío” se declararía la danza nacional. Por su lado, la crítica literaria y los lectores declararían a “La suave patria” de López Velarde el poema de México.