UNAS LUZ PARA LOS INDÍGENAS
- Presentamos una de las últimas entrevistas que concedió a un medio hidalguense
El Padre José Barón Larios, uno de los personajes más queridos en la región Huasteca de nuestro estado, murió ayer a la edad de 80 años en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, de donde era originario.
Hombre comprometido con las causas de los indígenas hidalguenses, se estableció en la entidad desde hace cuatro décadas, tiempo en el cual trabajo al lado de las causas de los pobres de nuestro estado.
A continuación presentamos una de las últimas entrevistas que concedió a un medio hidalguense, en la comunidad donde pasó sus últimos días
ATLAPEXCO.- Nacido el 5 de julio de 1933, con 79 años cumplidos, el padre José Barón Larios es el mismo que desde muchacho en su tierra natal, Unión de Guadalupe, municipio de Atoyac en el estado de Jalisco, decidió que la carrera del sacerdocio era su vocación porque estar al lado de los pobres, lo supo, había encontrado la vereda más segura a la felicidad, por la certeza de que es con ellos donde la palabra sinceridad adquiere un valor exacto, justo.
Por eso se quedó en sus filas, las de los indígenas huastecos, y de entre ellos con los más pobres que casi siempre han sido todos, para ser uno más en una vida que, asegura, terminará cuando Dios así lo decida, pero con la certeza de haber hecho lo que estuvo en sus manos para que en esta vida tuvieran mejores oportunidades.
Nadie diría que este hombre de mirar bondadoso, pelo totalmente blanco y un modo educado hasta el extremo para tratar a todas las personas, encabezó uno de los movimientos indígenas más fuertes que haya registrado el estado de Hidalgo, contra el robo de tierras que caciques de entonces y ahora, perpetraron contra la comunidad indígena.
Perseguido, fichado por cuanto organismo de “inteligencia” del estado y el país, calificado como insurrecto, cura guerrillero, José Barón Larios no descarta mostrarse como un “siervo del Señor”, y amantísimo de la cultura huasteca, la que conoce, divulga y recuerda siempre con la visión crítica de quien la ha vivido y padecido.
-Padre, ¿qué es el asunto indígena?
-Pues por la cuestión indígena yo entiendo la problemática que viven, que vivimos los indios de este país, a lo mejor de todos los países, pero principalmente los de este país que hemos sido sobajados, explotados, exprimidos, y que hemos dado origen a los grandes capitales que hay en esta región.
-¿Vale el indígena en un país como el nuestro?
-Habría que ver desde dónde se le ve. Si se ve desde la parte de los explotadores valemos en cuanto les sirvamos, y si se ve de la parte de nosotros, pues es otra identidad, porque yo encuentro dos identidades: una con la que nos designan nuestros hermanos mestizos, y aquella con la que nosotros nos designamos.
-En su caso particular, ¿por qué vino a parar aquí a Hidalgo?
-Pues son los caminos de Dios, porque yo siempre quise ser sacerdote, pero tenía muchos problemas, empezando porque no era hijo legítimo. Soy huasteco por adquisición, no por nacimiento.
-Usted defiende a los huastecos…
-Sí, respeto a todos, pero no todos necesitan de mi apoyo. Pero usted cuando está viendo una pelea de box casi desde que empieza, usted dice: yo voy con este porque lo veo más débil, más sencillo, más tranquilo. Entonces aquí, yo nunca me he salido de la fila de los pobres, de los indígenas, porque soy pobre, siempre lo fui, crecí con muchas penurias. Entonces cuando vine aquí no hice más que estar en ambiente, en mi clima.
– Oiga, ¿el Evangelio es para el espíritu o para la carne?
-Es para los hombres que somos cuerpo y alma.
-¿Por qué quieren tanto los indígenas al padre Barón Larios?
-Porque soy indígena.
-¿Por qué le dolió tanto la Huasteca hidalguense?
-A lo mejor es mística o a lo mejor hice algo bueno, me cacharon y de ahí la fama, pero más bien yo soy aprendiz del padre Pablo y del padre Samuel. El padre Pablo ya se fue, juntos empezamos el trabajo en la Huasteca.
-Ustedes enfrentaron la represión más brutal en la Huasteca.
-Porque estuvimos con la gente. Pablo ya estaba en Atlapexco, Samuel y yo nos sumamos en los 70, pero ya desde antes nos habíamos puesto de acuerdo. Éramos los únicos tres que quedábamos de 44 muchachos que entramos en 1959 a nuestro Seminario de Huejutla, que entonces estaba en San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala, porque aquí no había lugar, no podía sostenerlo el obispo.
-¿Cuál es el compromiso con la gente?
-Pues compadecer, por lo menos compadecer.
-¿Qué pasaba en los 70?
-En los 70, si se quiere, fue la insurrección de los indígenas, pero antes por ejemplo veía usted las grandes extensiones de tierra que habían sido de nuestros padres y que las poseían otros, y que se usaba la ganadería extensiva. Iban robando, es la palabra. Iban recorriendo los linderos con una borrachera con el juez, el comisariado y se iban ampliando y ampliando y reduciendo la cuestión agrícola de los campesinos. Llegamos a un tiempo en que el campesino en lo que fue su tierra tenía que pedir prestado para que lo dejaran sembrar, pero la obligación era que tenía que dejar sembrado pasto. Y después si había le daban otra parte de lo que era de él, pero lo tenía otro.
-¿Le duele lo mismo aquella época que la actual?
-No, porque en primer lugar frente a mi conciencia, delante de Dios, creo que hicimos lo que pudimos, pero también vemos que después de 40 años que yo conozco la Huasteca ya como sacerdote, yo llegué en el 70, vemos que ha habido pasitos, avances, progreso, no en la medida que quisiéramos nosotros. Pero la gente va cobrando conciencia de su situación. Esta cuestión de Chiapas nos hizo surgir, nos hizo sentir que no estamos solos.
-¿Qué es la Teología de la Liberación?
-Una doctrina que enseña a acercarse al pueblo, convivir con él y comprometerse.
-¿El Evangelio es para los muertos o para los vivos?
-Es para los hijos de Dios, para hacerlos más hombres, más capaces de responder a sus principios, y al trabajo que tenemos con los demás.
-¿Qué le dice la gente?
-Pues yo me siento querido por la gente, aunque evidentemente también tengo contrarios. Le cuento una anécdota: una vez que un amigo me dijo, mira ahí viene un amigo, una persona, te lo voy a presentar. Y entonces vino y le dice: amigo, el padre José Barón Larios. Sí, le contesta, lo conozco, este hombre me hizo matón y cacique con sus escritos. Señor, le dije, yo nunca he dicho una cosa si no tengo más o menos los pelos de la burra en la mano, verdad.
-¿Es difícil decir la verdad en esta región de la Huasteca?
-Tan fue difícil que hubo un tiempo en que fuimos perseguidos. El movimiento fuerte aquí en la Huasteca, empezó en Tenexco Primero, que es la cabecera del ejido de Tenexco. Allí un muchacho que se llamaba Felipe Naranjo, que estuvo en Poza Rica trajo otras ideas. Y entonces les dijo que mucha tierra que estaba alrededor era de ellos pero que la habían pedido por la astucia, las ganas de ser más ricos de otros. Y entonces este señor pronto desapareció porque empezó a liderar. Desapareció Felipe Naranjo, pero después siguieron otros y otros. La cosa es que para obtener la tierra que se tiene ahorita, que no se puede trabajar porque falta lo necesario, porque no habilitaron al campesino que recogió su tierra, y además porque nos han enseñado a estar atenidos con tantito maicito, con un poquito de las dádivas, de migajas de los programa sociales.
Con eso nos han amansado, nos han sobado el lomo a la gente, y la gente ahorita prefiere esos centavitos que le dan, esa mugre de dinero que nos dan, yo también recibo el 70 y más, que seguir la otra vida. Entonces ahorita, si yo me moviera un poquito en son de la liberación me mandarían al cuerno porque se abrazarían a sus centavitos que les dan por Oportunidades y por eso.
-¿Todo quedó igual?
-No, no, porque hay conciencia de mejorar, no en la mayoría pero está ahí una semillita que se ha sembrado, que no somos nosotros los sembradores. Es mucha gente, los sacerdotes, varios maestros, muchachos que fueron al Ejército y regresaron. Gente que salió a trabajar y vio que era posible otra vida, esos son los que generan transformación. En ese tiempo le decía, veía usted los potreros, que andaban cien o más personas chapoleando aquello, pero andaban los terrenos de los ricos, los que eran de ellos. Y andaba arreándolos alguien a caballo.
-¿Pero no quedó en lo mismo de los Fayad caciques, a los Fayad comerciantes?
-Pues es la misma gata nada más que revolcada. Nomás que ahora ya son otros métodos, ya no es aquel. Tal vez en la Huasteca ya no existe el cacique clásico. Ahora es más estilizado, más preparado, más afilado, más de traje, más de buena palabra, y ya no se necesitan. Pero es la misma cosa, de todos modos vamos a buscarlos para que nos den de comer. Ellos son los que manejan los precios y todo.
-¿En qué va a acabar todo esto?
-Pues es que si se orilla tanto en los problemas que hay ahora, aunque la gente no creo que haya una Revolución como la de 1910, puede haber problemas graves.
-Oiga padre, ¿Dios sí existe?
-Yo no se lo puedo traer aquí y analizarlo, y decir aquí está una parte, aquí la otra. Pero yo en mi vida lo siento, lo vivo. Pero si la Huasteca estuvo y está así no es por Dios, es por la maldad o la falta de fraternidad de los demás.
-¿Hay espacio para el amor, para el cariño?
-Sí hay, lo podemos ver en la comunidad indígena, en los padres con sus hijos.
-¿Hay esperanza en la política mexicana?
-No, porque nomás pisan en nosotros, no les interesa nuestro porvenir, nuestro progreso, nada más nos utilizan como escalones. Que nos den la esperanza no, de recuperarla sí. Recuperarla mediante la cabeza, mediante la convicción.
-¿No se arrepiente de nada de lo que ha hecho?
-De no hacerlo mejor, sí. Quizá sí de alguna cosas de imprudencia, por ejemplo como de juzgar bien a una persona y nos salió al revés, pero yo creo que en general en esta Huasteca y donde quiera que haya indígenas, el indígena cuando ama y cree en el otro cree hasta la muerte.
-¿Atlapexco?
-Ahí trabajé 18 años, los tres padres trabajamos ahí.
-¿Por qué no es obispo?
-No se necesita ser obispo. Eso, a lo mejor no tengo las virtudes ni la capacidad para serlo.
-¿Le ha gustado su vida?
-Yo no la cambiaría.
-¿Está contento?
-Muy contento. Yo me siento muy querido por la comunidad, esta casa es de ellos.
-El mensaje de Jesucristo es que a los pobres siempre habríamos de tenerlos…
-No, claro que no, y menos muertos de hambre.
-¿Primero atender el cuerpo o el alma?
-Las dos cosas: el hombre íntegro, integral, y no callarlo.
***
Amar y creer hasta la muerte. Son las palabras del padre Barón Larios, el sentir de un indígena huasteco, el sentir de un hombre que ha llevado el compromiso social a la vida, a su vida que no traspasa las fronteras de una región hermosa como pocas de la entidad, pero de siempre con el retrato amargo de la pobreza y la marginación.
Sin embargo, el principio básico de compadecer, que luego se traduce en acción, en estar ahí todos los días, no una tarde, un fin de semana, un tiempo para luego presumir que en carne propia uno ha sentido lo que padecen.
Ha sido una vida, una larga y próspera vida, tan alegre pese a todo, tan llena de gusto por ser el que desde entonces ha sido: esperanza para sus hermanos.