Los recientes disturbios en Baltimore, y los que les antecedieron en Ferguson, han revivido una discusión que estaba cómodamente archivada en EEUU. Una cosa son el maltrato o el abuso policiaco, la excesiva tasa de encarcelamientos, la desigual aplicación de la ley, todas ellas tristemente ciertas, y otra aún más grave es la que tiene que ver con los problemas de fondo que ayudan a perpetuar el circulo vicioso de discriminacion, exclusión y criminalizacion que sufren los afroamericanos en los Estados Unidos de América.
La semana pasada me referí a los excesos policiacos, bien documentados en un excelente reportaje del Washington Post, así como a la inquietante tendencia a usar las prisiones como una herramienta de política social. Con todo lo grave que son, esas apenas si representan la punta del Iceberg de un sistema que no ha sido capaz, o no ha tenido nunca la intención seria, de integrar a un importante sector de la población con el que, además de todo, tiene una deuda histórica. Y no es que sean los únicos, pero ya en alguna próxima ocasión me ocuparé de otros, como los indígenas (o “americanos nativos”, como dicta la corrección política).
Comprensiblemente, pocos medios estadounidenses se han metido a analizar el fondo del problema, y se han concentrado mas bien en lo inmediato, lo evidente y lo mediático: el abuso policiaco, la reacción a veces pacífica, a veces literalmente incendiaria de la población, la respuesta de las fuerzas policiales, que suelen tratar cualquier manifestación pública de protesta como si se tratara de una invasión armada, la reacción aún más encendida de los manifestantes que se sienten criminalizados o abiertamente intimidados.
Mucho se habla de la condena casi universal a los actos de vandalismo, y eso es algo que toca una fibra especialmente sensible en México, donde estamos acostumbrados a ver que la policía deja hacer a manifestantes, bloqueadores de vías o grupúsculos violentos sin ponerles un dedo encima. No dudo que más de uno aquí quisiera ver a la policía responder como allá, con equipamiento militar, tanquetas, francotiradores y medidas de represión e intimidación que alcanzan también, como en Ferguson, a los periodistas que cubren los acontecimientos. Y aplauden muchos a la madre que zarandeó y golpeó a su hijo adolescente para evitar que fuera a las protestas en Baltimore. Lástima que no lo hizo por conciencia cívica, sino por temor, como ella misma lo dijo, a que la policía lo matara.
Un espléndido artículo en la revista británica The Economist se ocupa del que a mi parecer es el verdadero tema, la raíz y el origen de los problemas que estamos viendo en muchas comunidades de EEUU. Citando un estudio publicado hace 50 años por el político estadounidense Daniel Patrick Moynihan acerca del estado que entonces guardaba “La Familia Negra”, el semanario nos regala una serie de datos actualizados verdaderamente impactantes, que sirven para entender lo que está pasando.
Usando cuatro indicadores básicos (tasa de homicidios, de encarcelamientos, esperanza de vida y de mortalidad infantil) The Economist muestra que, si la población negra de EEUU fuera un país, ocuparía los lugares 130, 145, 65 y 60 respectivamente de un ranking de 145 naciones, por debajo en muchos casos de países africanos o de otros que viven problemas endémicos de pobreza y/o violencia.
Y ese es apenas un ejemplo. Abundan los demás: poca integración familiar (tres cuartas partes de las madres negras tienen hijos fuera de matrimonio), políticas públicas que criminalizan (una tercera parte de los hombres negros ha estado en prisión), y una enorme disparidad salarial y de movilidad socioeconómica.
Así, no sorprende lo que hoy sucede…
Twitter: @gabrielguerrac
www.gabrielguerracastellanos.com