A muchos ciudadanos molesta que diputados, alcaldes y delegados dejen su cargo anticipadamente para competir por otro más, el que le asegure sus próximos tres años de “servicio público” (es decir, de medrar del erario). Son los llamados chapulines.
Algunos ciudadanos dicen que no votarán por ellos, y también exigen que para votar por algún candidato, éste debe comprometerse a terminar su nuevo mandato. Tales compromisos, cuando se han hecho en el pasado reciente, son incumplidos olímpicamente.
Al menos esos chapulines, en su mayoría, compiten bajo las siglas de su mismo partido. Más grave es el caso de quienes saltan de un partido a otro sin el menor pudor. Son los tránsfugas que con su conducta gritan que en realidad les importa poco la plataforma ideológica o programática de sus partidos; lo que buscan es el poder y sus privilegios sin importar las siglas que los cobije. Siempre justifican su salida de un partido con base en la corrupción de éste o la flagrante traición a sus principios (lo que nunca antes había detectado el tránsfuga en cuestión). Pero si uno hurga las razones de su salida, encontraremos como pauta general el hecho de que a dicho político se le terminó el “gas” en su partido; ya no consigue las candidaturas o cargos a los que aspira, y entonces le llega la revelación de que su partido es corrupto, y transmigra al partido verdaderamente comprometido con México y el pueblo… hasta que se le acaban las oportunidades ahí. No importa que sus nuevos recipientes mantengan posturas totalmente contrarias a las que postulaban sus anteriores partidos. Es el poder por el poder mismo.
Así, la mayoría de figuras del PRD salieron del PRI justo cuando éste les negó una próxima candidatura. Quienes formaron la Corriente Democrática en el tricolor ya habían agotado sus reservas políticas. Los que aún las tenían, permanecieron en su partido y atacaron duramente al PRD… hasta que se les terminó “el veinte” en el PRI. Entonces descubrieron la corrupción priísta y las bondades del PRD (o del PAN u otros, según el caso). El mismo AMLO abandonó el PRD —partido que a partir de entonces pasó a ser corrupto y entreguista— cuando vio que no tendría asegurada una tercera candidatura, además de no controlar a capricho los fondos partidistas. No tuvo que ir a un partido ya existente, sino que por su fuerza y arrastre personal pudo formar uno nuevo, totalmente hecho a su imagen y semejanza. Pero el fondo es el mismo. Y sin embargo, los electores votan sin problema por esos tránsfugas, dando incluso por cierto que eso limpia sus anteriores faltas, e incluso consideran eso como valentía para denunciar y abandonar al partido que les dio cobijo por años. Comparaba Carlos Castillo Peraza el PRD con el Gánges; cruzar las aguas del PRI al PRD purificaba a los antiguos priístas de toda mancha (aunque lo mismo ocurrió poco después con el PAN).
Marcelo Ebrard ha recorrido también buena parte de la gama partidaria (cuatro de los actuales, más uno propio, con Manuel Camacho). Ahora ha sido retirado de la contienda por buscar su candidatura en dos partidos simultáneamente, según prohíbe el artículo 227 de la ley electoral. Él aduce que dicha competencia no fue simultánea. Tras haber sido asignado al lugar 38 de la lista plurinominal en el PRD, renunció y obtuvo la candidatura por MC en primer lugar de la lista. La ley tendría en todo caso que especificar la prohibición de competir en dos partidos dentro del mismo proceso electoral, si lo que se busca evitar es justo el transfuguismo al vapor. Por cierto, en lugar de dejar que los electores decidieran la suerte de Marcelo, se le retiró el registro por una presunta falta administrativa. ¿Por fin?
En todo caso, lo que hacen los tránsfugas y partidos que los reciben es porque saben que los electores, en su mayoría, aguantan eso y más. Que no dejarán de votar por su partido favorito, o acaso por el que sea el “menos peor”. Se trata de votar por votar sin importar por quién ni bajo qué circunstancias. Una actitud más acorde con la impunidad que con la exigencia democrática de cuentas.