OPINIÓN
Hace unas semanas escribí que nuestras élites no tienen miedo. Y que ese es un problema. Porque el régimen en el que desembocó la transición mexicana, lejos de sujetarlas a controles más efectivos, terminó obsequiándoles mayores márgenes para la corrupción, el descaro y la impunidad (véase http://j.mp/1B8B9xl). Pero sucede que hay un hecho susceptible de complicar ese argumento: el miedo que AMLO le inspira a buena parte de dichas élites.
Se trata, en principio, de un miedo muy selectivo. Porque aunque Vicente Fox haya tratado de impedirle competir en las elecciones de 2006 mediante un desafuero sin fundamento, o Felipe Calderón haya recurrido a las fuerzas armadas para paliar la debilidad con la que llegó al poder, para esas élites el “golpista” es AMLO.
Porque aunque Enrique Peña Nieto haya promovido la fantasía aquella del momento mexicano, o haya incluso asegurado que tras la promulgación de sus reformas la economía mexicana crecería a tasas del 5 o el 6% anual, para esas élites el “demagogo” es AMLO. Porque aunque la ortodoxia económica de los últimos treinta años haya generado mayor concentración de la riqueza, o un desplome del poder adquisitivo de los salarios mínimos, para esas élites el “irresponsable” es AMLO.
Es un miedo, además, impermeable a la evidencia. Por un lado, porque el gobierno de AMLO en la ciudad de México estuvo muy lejos de ser “radical”. ¿O acaso no negoció con los partidos de oposición cuando el suyo no tuvo mayoría en la Asamblea? ¿No se asoció con grupos empresariales e inmobiliarios para mejorar los accesos en automóvil a Santa Fe, para rescatar el Centro Histórico o para construir los segundos pisos? ¿No recurrió a operadores políticos como René Bejarano y gobernó con las redes clientelares del PRD? Y, por el otro lado, porque AMLO no es como Hugo Chávez. No es un militar, no es un “outsider”, ni es un ideólogo. Al contrario, es un civil sin vínculos con el ejército, un hombre que ha formado y sigue formando parte del sistema, un político profesional.
Con todo, por lo que tiene de miope y paranoico ese miedo dice mucho no sólo de lo cómodas que se encuentran nuestras élites en el statu quo sino, más aún, de lo inaceptable que les resulta la posibilidad de que una figura crítica del mismo pudiera llegar a gobernarlas. Para ellas, aparentemente, la democracia es en sus términos o no es.
Yo no creo que AMLO sería un buen presidente, pero tampoco creo que sería peor que los que hemos tenido en los últimos tres sexenios. Coincido en la importancia que le da a problemas como la pobreza, la corrupción o el despilfarro, pero me parece que sus ideas al respecto están lastradas por un voluntarismo muy alicorto, que no tienen una perspectiva de reforma institucional ni una lógica de política pública. Pero esa es simplemente mi opinión.
En un entorno como el de hoy (caracterizado por constantes escándalos de corrupción, violaciones generalizadas a los derechos humanos, un malogrado proceso reformista, una baja popularidad del presidente, un mal desempeño de la economía mexicana, un rotundo desprestigio de los principales partidos políticos, etc.) es natural que un personaje contestatario como AMLO crezca. Que, a pesar de sus defectos, se convierta en un polo en torno al cual se articule el descontento.
Si ese proceso desemboca en que una mayoría del electorado vota por él en 2018, AMLO debería ser el próximo presidente. Y eso, lejos de constituir un “riesgo”, una “amenaza” o un “peligro”, sería una muestra de obvia normalidad democrática. De que cuando las cosas no marchan bien los ciudadanos pueden usar su voto para castigar a los responsables –aunque buena parte de las élites no esté de acuerdo.
A mí no me da miedo AMLO. Me da miedo, más bien, lo que hay en el miedo de los que le tienen miedo.
Twitter: @carlosbravoreg
(Agencia EL UNIVERSAL)