“HASTIARSE”

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TLAMATINI

“Cansarse o aburrirse”

Hastiarse es un verbo castellano que significa cansarse o aburrirse profundamente, el cual hunde sus raíces en el latín vulgar fastidiāre, derivado a su vez del sustantivo fastidium. 

¿Quién no se siente fastidiado o hastiado?

Cuando me siento así, una de las pocas cosas que me rescatan es salir a la búsqueda del origen de las palabras. Lo hago desde niño: abro un diccionario y, si las páginas físicas no alcanzan, recurro a la red para rascar en el fondo de los términos.

Por ejemplo, en el diccionario me arroja fastidium, y aunque busqué en más hojas, no lo encontré. Pero en mi indagación, hallé que se le designaba originalmente a el asco o la repulsión física, la náusea visceral que provocaban ciertos alimentos o brebajes (compuesto tradicionalmente por la raíz relacionada con fastus, que denotaba orgullo, desdén o altivez). Era, en su génesis, el gesto involuntario de apartar el rostro o la comida con desprecio. Ahora que lo pienso, esos gestos los miré mucho de joven, ahora entiendo que quizás por eso nunca fui popular entre las chicas, ¿a quién le puede parecer interesante esto?

En fin, con el paso del tiempo, ese rechazo que experimentaba el cuerpo ante algo insoportable se trasladó al plano psicológico y existencial. El hastío dejó de ser la náusea ante un plato concreto para convertirse en una aversión honda frente a la vida misma, frente al flujo incesante de las cosas, el entorno o las propias ocupaciones. Así, el hastío es una suerte de estómago del alma que se cierra: una saturación tal que el mundo —en lugar de nutrirnos— se nos vuelve insípido, pesado, indigesto, provocando ese impulso silencioso de apartarnos de él.

Más allá de una simple falta de entretenimiento o de un cansancio pasajero, el hastío se revela como una de las afecciones más hondas de la existencia: una sintonía afectiva en la que el tiempo deja de fluir como un cauce vivo y se vuelve denso, espeso, casi irrespirable.

El hastío no es meramente un “no tener qué hacer”, sino un modo en el que el mundo enmudece. Mientras que el aburrimiento cotidiano se disuelve con una tarea, una distracción o una novedad, el hastío profundo permanece inalterable ante cualquier estímulo exterior. Es un estado en el que las cosas pierden su brillo, su peso y su sentido; los proyectos, las palabras y los rostros se vacían de resonancia y quedan reducidos a meros contornos inertes.

En el hastío, el tiempo deja de ser el horizonte dinámico de nuestras anticipaciones y proyectos. El reloj sigue avanzando, pero los minutos se acumulan sin dirección ni promesa. El presente se estanca y se experimenta como una presencia opaca y repetitiva. El mundo circundante, por un instante o por una temporada prolongada, deja de importarnos. Las rutinas que antes sostenían el día a día se desvelan en su absoluta mecanización, mostrando el andamiaje artificial sobre el cual construimos la urgencia cotidiana.

Lejos de ser solo un estado negativo, el hastío suele operar como un umbral. Al despojarnos de las distracciones y de la prisa, nos confronta de manera silente con el peso de nuestra propia libertad y con la pregunta por el fundamento de lo que hacemos. Es el eco de una existencia que reclama autenticidad frente a la repetición inerte.

Lejos de apresurarnos a erradicarlo con la agitación o el ruido, tal vez el hastío nos pide algo mucho más difícil: detenernos a escuchar lo que ese silencio denso tiene que decirnos sobre el estado de nuestra mirada y la verdad de nuestros vínculos con el mundo.

Ante todo esto, tras indagar en las entrañas de la palabra hastío, me surge una pregunta inevitable: ¿qué parte de mí —o de nuestra manera de mirar— se vuelve insostenible cuando el ruido cesa y nos quedamos a solas con el peso del mundo?

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