Guardar el silencio del alma

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El ex convento agustino de Actopan, conserva el silencio entre sus gruesos perdones, la huerta una exposición estacionada desde el sexenio pasado en sus interiores, y un policía de la Industrial Bancaria que decide siempre guiar a los visitantes con datos exactos y un conocimiento amplio de lo que ha sido la historia de uno de los monumentos religiosos más importantes de Hidalgo y el país.

Pero si algo entiende quien en día miércoles, pasadas las celebraciones de difuntos, visitó el ex convento, que lo mismo fue hospital y cárcel en la época revolucionaria del país, es que ha guardado con severidad absoluta el silencio. No el silencio de que no haya ruido alguno, aunque también ese, pero primordialmente el del alma.

Puede incluso que resulte más recomendable que la luna, esa que menciona el poeta chiapaneco, se puede dar a cucharadas a los que se han intoxicado de filosofía.

Algo ocurre cuando se traspasa el umbral de la entrada, algo sucede, que finalmente empieza el alma a navegar en el corazón de la nostalgia, pero ya sin la tristeza que tanto lastima.

Había estado múltiples ocasiones en el ex convento, nunca había comprendido lo que significaba aquello de que era uno de los mejores lugares del mundo para guardar el silencio.

Así que pueden ser muchas cosas, que de joven nunca entendí, pero seguramente ya de viejo hace falta el silencio, para escuchar con claridad cómo navega el alma en el corazón, en la certeza absoluta que lo hace porque hemos vivido.

Padre, mi papá, vino a la iglesia del ex convento pocos meses antes de morir. Me pidió que le comprara una veladora para prenderla a sus muertos, y que lo esperara en el atrio.

Lo vi de lejos hincarse con mucho esfuerzo, persignarse con la veladora, prenderla y rezar, rezar un buen rato.

Luego se levantó, apagó la veladora y salió.

Mil gracias, hasta mañana.

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