El valor del silencio

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La filosofía ha sido, desde sus orígenes, una cuestión de palabras. Tantas, que se ha tildado a sus practicantes de parlanchines que terminan por enredarse tratando de encontrar la expresión correcta a lo que piensan.   

El “logocentrismo” da por sentado que las palabras, habladas o escritas son, por sí mismas, el origen del conocimiento. Pero antes de las palabras está el silencio, donde ellas pugnan por salir a la luz y al lograrlo, dotan al ser humano de la capacidad de expresión y comprensión de la realidad.

Atendiendo su importancia, el sentido común, la ciencia o la política elogian la palabra y rechazan el silencio. En griego, la palabra (logos), significa razón, expresión, discurso. Se relaciona, pues, con el habla, la enunciación, el diálogo y la argumentación.

En cambio, el silencio (sigi o sigé) tiene, de primera mano, una connotación negativa; como si fuera la antítesis del saber y la razón y solo tras valorar el lenguaje, es como podemos dar cuenta de su importancia como elemento previo y a la vez componente del lenguaje verbal. 

Así, la palabra nos retorna al original reino del silencio, pero ya no como su superación, sino como componente indispensable en la expresión de sentimientos, creencias o conocimientos. Mas no solo eso: la connotación negativa del silencio también es digna de tomarse en cuenta al momento de pensar discursivamente; pues, como terminaría diciendo Wittgenstein -el filósofo del lenguaje-, “aquello de lo que no se puede hablar, lo mejor es callar”. Una frase aparentemente obvia, pero que hace reflexionar especialmente en nuestra época de charlatanería y demagogia, de mucho hablar y poco pensar.

Pero si bien es en el silencio donde tiene su origen el lenguaje, también en él se alojan los sentimientos y emociones más oscuros; tales como el miedo a que nuestra boca pronuncie aquello que “silencio ordena y amenaza miedo”, sellando nuestros labios con el dedo -tal y como lo indicaba el arcaico dios Harpócrates-, para guardarnos de pronunciar palabras sagradas, secretas o imprudentes. Así, la palabra muda se roza lo mismo con la oscuridad de los mitos (meuth) que con la luz de la razón.

Sócrates entendió el valor del silencio al explicar cómo fue que los augurios del Santuario de Delfos, a pregunta expresa sobre quién era entre todos los griegos el más sabio, respondió pronunciando su nombre. Al enterarse, Sócrates aseguró que no podía compararse con los sabios parlanchines, que le ganaban en habilidad oratoria, salvo por obedecer una voz interna (daimon), que le indicaba el camino correcto a la verdad. 

Su discípulo Platón, resaltó la relación entre callar y pensar, como el momento en que el alma se recoge en diálogo silencioso consigo misma, que permite discernir entre lo falso y lo verdadero, lo bueno y malo antes de dar paso a la luz de la palabra hablada.   

En síntesis, para dar razones hay que pensar y esto requiere al menos un momento de silencio, sea breve o prolongado, antes de expresar nuestras ideas. Es decir, hay que callar antes de expresar un pensamiento. Lo cual, por cierto, no está muy de moda en esta era de la comunicación.

Porque lo de hoy no es guardar silencio, sino hablar con o sin razón, pero hablar. Consideramos la capacidad de comunicación como sinónimo de conocimiento, autoridad, libertad, inteligencia y garantía de triunfo, reconocimiento y poder social. 

La charlatanería se impone más que por ignorancia, por voluntad de dominio, pensando que la comunicación es una cuestión de habilidad y no de comprensión; una especie de deporte donde se triunfa o fracasa en función a la habilidad discursiva que se posea. 

La retórica -arte del buen hablar- se confunde hoy con la demagogia, habilidad de envolver y engañar al pueblo (demos) con palabras, cuando se requiere movilizarlo o paralizarlo mediante el saber discursivo.

Y si bien la palabra hablada se toma como el origen de la humanidad y hasta de la creación misma; no puede existir, palabra sin silencio. Y si en el principio fue el Verbo (Apocalipsis) hubo necesariamente un silencio que le antecedió. 

La palabra expresada, con ser liberadora, también atrapa, confunde, distorsiona, violenta y hasta mata. Y aunque la expresión hablada suele imponerse externamente, el silencio le contrapone la fuerza que muchas veces es capaz de resistir y buscar una salida cuando la alharaca provoca confusión, daño y miedo.

Sería bueno premiar a quienes acepten guardar silencio durante un año y no escriban o diserten con escritos, discursos o comentarios públicos inocuos e inicuos. O pagarles a algunos políticos y otros poderosos que se han posesionado de los medios para callarse por un buen tiempo. Pero si ustedes opinan lo contrario están en su derecho. Yo, por el momento, prefiero guardar silencio.

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