El parque de la Ballena 

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Espejos de la realidad

“…La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto…”
Instrucciones para subir escaleras
Julio Cortázar

Dirección: José Lugo Guerrero 202, Arcos de Tlaxpana, 42083 Pachuca de Soto, Hgo.

La ballena era espectacular. La sonrisa le ocupaba casi toda la cabeza y yo alcanzaba a meter los pies en las comisuras. 

Había algo tranquilizador en su tamaño, en la seguridad absurda que da una cosa enorme cuando una todavía es niña. La veía desde abajo: 5, 7, 10 o 12 años, siempre la veía desde abajo. 

La gran hazaña consistía en alcanzar el espiráculo. Primero subía a la rana que estaba a un lado. Era lisa y nunca logré llegarle a la cabeza como sí lo hacía mi hermano, a quien, me cuenta mi mamá, le pagaba 5 pesitos para llevarme. Después bajaba y comenzaba lo importante.

Me embarraba tierra seca en las palmas para quitarme el sudor. Llegué a ver cómo lo hacían algunos niñxs mayores que yo, que se balanceaban en las barras de metal de otros juegos, por lo que yo solo repetía lo que veía. Luego veía con cuidado qué piedra servía para sostenerme, dónde meter la punta del tenis y cuánto podía estirar el brazo sin resbalarme.

Toda la ballena estaba hecha de piedras mezcladas con cemento en color azul cielo. Mucho tiempo pensé que los elefantes debían estar hechos de la misma mezcla. Había algo en los juegos de parque de esos años: telarañas de cadenas donde hacíamos carreritas para ver quién subía más rápido, resbaladillas de fierro que quemaban las piernas en mayo, animales enormes de concreto. Todavía siento cómo la presión de la grava con la tierra creaba mapas texturizados en mis palmas.  

La parte blanca de los ojos tenía un relieve apenas salido que me dejaba apoyar la mano y descansar antes de seguir subiendo. Recuerdo muchísimos rostros dentro de esos ojos. Niños esperando turno. Otros mirando desde abajo para calcular por dónde convenía subir. Algunos llorando. Ver a mamá mientras ella me veía a mí. 

Regresé este fin de semana. El parque de la Ballena en el C. Doria, el vecindario donde crecí. Primero fui a ver jugar futbol a mi familia, mi tío Martín, que hace chistes diciendo que va a revisar el VAR (el bar, por si queda alguna duda) cada vez que alguien reclama una falta. Antes de llegar a la comida, pasamos por ese parque. Se veía descuidado, lastimado, supongo. 

El árbol de pirul seguía ahí y seguramente con él, esos bichitos que apenas descubrí les dicen los cogelones, pegados cola con cola como si nunca hubieran dejado de aparearse desde finales de los noventa. También vi los hormigueros que explotaban en junio y julio. 

Me acerqué a la ballena, ahora de color azul gris. La veía desde abajo: 5, 7, 10, 12 o 28 años, siempre la veo desde abajo.

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