PEDAZOS DE VIDA
Antes de comprar una motocicleta, compra un ataúd, porque la impaciencia mata. La velocidad no es la culpable sino aquello que la provoca… A sus diecisiete años, el Gallo Negro podía presumir su primer automóvil, y también una nueva familia. Sus padres se negaron a recibirlo con “su mujer” así que se tuvo que ir a casa de su suegra. Así eran las cosas y en su casa, su madre, que siempre había dicho “el casado casa quiere”, se había quedado con el dolor de perder un hijo, pero sobre todo con la frustración de no verlo acabar sus estudios.
Le decían el Gallo Negro porque tenía la piel oscura, la nariz afilada y los ojos siempre despiertos. Tenía una mirada que se perdía en el horizonte como si nunca terminara de observar, era desconfiado, pero ni eso lo pudo salvar del destino que tenía marcado.
Cuando salió de la secundaria, todavía era un niño. Un chamaco que caminaba rápido por las calles polvorientas y siempre airadas, una ciudad de contrastes: entre sus viejos edificios con capas de pintura nueva; en los cerros, las casas levantadas con el cansancio que provoca sostener a una familia; más allá, en la periferia, señalado con el campo de golf, la zona de los ricos, empresarios, políticos y uno que otro jefe que se alcanza a camuflar en el sistema; y en la orilla, las casas de interés social.
El Gallo vivía en una de estas casas junto a sus padres y su hermana menor. Su padre trabajaba para mantenerlos, a veces le iba muy bien y valía la pena regresar con las botas cubiertas con cemento, la espalda torcida y las manos partidas; otras veces, no alcanzaba para pagar los gastos. Entonces, hablaba de la importancia de estudiar, de hacer algo de provecho, para no acabar “así” con chambas ocasionales y sin un sueldo asegurado.
Cuando entró a la prepa, su madre, que antes se quedaba en casa, comenzó a trabajar limpiando oficinas. El dinero ya no alcanzaba, pero de ninguna forma lo hubieran puesto a trabajar, las calificaciones del muchacho iban bien, había mucha esperanza.
Mientras él estudiaba, su hermanita pasaba las tardes con la abuela, adelantaba sus tareas y veía caricaturas en una televisión vieja mientras esperaba que alguien llegara por ella.
No había terminado el primer semestre cuando todo inició, lo “cazaron” en el baño, en una mano le pusieron un paquete que tenía que pasar a “dejar” y en la otra un billete “grande”.
Hizo lo que creyó conveniente, pensó en sus padres, pero también en que acababa de entrar a “trabajar” en algo que tendría que ser secreto.
Supo que era el elegido, que el Gavilán y el Calacas, se irían de la prepa, como egresados o expulsados, pero se irían. Al “Jefe” le interesaba que alguien continuara con el trabajo. El Gallo Negro, como le habían puesto, tenía el perfil para trabajar la plaza, de esta forma, conoció a los gorilones que le darían “protección”, y en dos semestres sabría por completo que el negocio no era desconocido por las autoridades escolares.
No tenía que descuidar la escuela, había materias en las que el “arreglo” permitía que no fuera una sola vez y que en su lugar entregara “la merch” en la biblioteca, el baño, las canchas, e incluso, algunas veces le tocaba ir a casas vecinas, donde personas adultas lo esperaban con el dinero respectivo.
Con el dinero, comenzó la fiesta, el despilfarro y el goce sexual. Mientras en su casa había algunas carencias, en el locker de la escuela guardaba tenis “de los caros” que compraba en el tianguis pero que eran marcas auténticas.
Aprendió a embriagarse en las mañanas para llegar sobrio a casa por la tarde, a veces decía que tenía que hacer tareas y se quedaba en la biblioteca, sin embargo, pocas veces esto fue la verdad.
Tuvo una bicicleta, después pensó en una motocicleta y cuando encontró dónde guardarla, empezó con la entrega de “pedidos”: “lleva esta mochila”, “entrega estos guantes”, “pasas a dejar esta comida”, eran diversas las formas que utilizaban para que nadie sospechara sobre la entrega. Entre todos, lo que más dinero dejaban eran los sobrecitos que distribuía dentro de la misma prepa.
Cuando llegó Mariana, el Gallo Negro había dejado de ser un niño. Y comenzó a quererla de verdad. Aún con todas las ganas y con un poco de dinero extra, no fue fácil comenzar a salir con ella.
En el momento en el que ella quedó embarazada, el mundo se les vino encima.
—¡Ya eres hombre! ¡Hazte responsable! — fue lo último que alcanzó a escuchar de su padre, no recibió golpes porque iba acompañado de Mariana. De esta forma, con diecisiete años y una mochila llena de ropa, terminó en casa de los “suegros”, en donde tuvo que soportar silencios incómodos y miradas de desprecio.
A sus diecisiete años, el Gallo Negro podía presumir su primer automóvil, y también el comienzo de lo que sería “una nueva familia”; sin embargo, con el nacimiento del bebé, el dinero, que por un momento había sobrado, hizo falta. Consultas, leche, pañales, todo se complicó. Además, quedó fuera de la prepa, lo que provocó la ira del Jefe a quien empezó a deberle, y rápidamente esa deuda, sumada a otros “luego lo repongo”, fue impagable.
Con la mayoría de edad llegó la nueva responsabilidad. Probó la mercancía. No aguantaba la presión de los suegros, misma a la que se había sumado la de Mariana. El único rayo de esperanza estaba almacenado en el pequeño cuerpecito, del cual solo esperaba que pronto lo llamara “papá”.
Vendió el carro y no alcanzó a pagar ni la mitad de la deuda. No lo golpearon. En esa ocasión, entrada la oscuridad, lo levantaron cerca del parque, le mostraron fotografías de Mariana saliendo de la tienda y del bebé dormido en los brazos de la abuela. Nunca había sentido tanto miedo, ni cuando hicieron el operativo para detectar sustancias, ni cuando su padre lo corrió de la casa, ni cuando el cliente aquel intentó golpearlo.
Esa noche regresó a casa y encontró a Mariana dormida con el bebé a su lado. Los miró con atención y por un largo rato. Luego preparó su mochila, echó lo más básico como si fuera a salir de viaje.
—¿No te vas a acostar? —preguntó Mariana.
—Ya voy—, dijo el Gallo desde la negrura de la noche. Se desvistió y se acostó. La mochila se quedó encima del ropero.
A las seis de la mañana, como de costumbre, se levantó.
—No te levantes, descansa. Yo ahorita desayuno—, dijo el Gallo para evitar que Mariana dejara la cama. El olor a huevo frito se extendió por la casa. Quizá la suegra ya se había dado cuenta de que Mariana no estaba en la cocina. No salió para evitar atenderlo.
Gracias al calor del verano, no tardaron mucho tiempo en encontrarlo. Así lo había querido, por eso buscó el baldío, para no morir en casa y para no ser perseguido. Pero nadie dio con él hasta que el hedor de su carne corrompida comenzó a extenderse por el lugar. La mochila no fue necesaria. Comprendió que era demasiado pesada para este viaje.




