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miércoles, marzo 11, 2026

El apapacho a los intelectuales

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En el contexto reciente, 200 intelectuales firmaron un desplegado como crítica abierta a la candidatura de Claudia Sheinbaum y un llamado al voto a favor de Xóchitl Gálvez. Héctor Aguilar Camín, uno de los firmantes, argumentó que este gobierno (el de AMLO) ya no «apapacha» a la comunidad intelectual como se hacía anteriormente. La réplica no se hizo esperar: AMLO aprovechó su conferencia matutina (24 de mayo, 2024) para exponer que dicho «apapacho» significaba, en realidad, beneficios o dispendios generosos otorgados a ciertos grupos.

Derivado de esto, cabe plantearnos: ¿a quiénes identificamos como intelectuales?, ¿cuál es su papel en la sociedad? y ¿deben declarar sus inclinaciones al voto e influir en estas?

Varios autores han reflexionado sobre esto en obras como Los cuadernos de la cárcel (Gramsci), Ensayos sociológicos sobre la religión (Max Weber) o Los profesores como intelectuales (Henry Giroux). Particularmente, Antonio Gramsci sostenía que los intelectuales no son seres puros, sino sujetos que nacen en contextos histórico-sociales específicos. Los identificamos por su función de pensar, criticar y, en ocasiones, asesorar al gobernante. Gramsci distinguía, además, entre intelectuales «orgánicos» y aquellos vinculados a estructuras subalternas o a las instituciones educativas donde se forman.

Si bien el filósofo italiano afirmaba que todos somos intelectuales en tanto tenemos capacidad de pensar, no todos cumplen ese papel social. En las sociedades modernas, el intelectual suele ser:

  • Especialista o experto: En un área, ciencia o disciplina.
  • Asesor o consultor: En la vida pública.
  • Comentarista o periodista: Que utiliza los medios para conformar la opinión pública.
  • Académico: Con la función de enseñar a otras generaciones.

La tesis que sostengo aquí es que la declaración pública sobre por quién votar —de fondo y de forma— es un llamado a la polarización que conlleva un sesgo. Existe un componente de filias y fobias que, en la política, resulta un error: las filias nos ciegan, al igual que las fobias y las emociones exaltadas como el enojo o la rabia.

Declarar por quién votar implica un posicionamiento político y, por tanto, el ingreso a una dicotomía de «estar a favor o en contra». El problema es que los intelectuales que entran en este marco pasan por alto un principio fundamental: no se puede mantener una postura crítica con el poder si se está comprometido con él. La función del intelectual —especialmente de aquel relacionado con la academia—, más que aplaudir al poder, reside en el compromiso ético con la crítica, el análisis, el juicio y la verdad, independientemente de si el gobierno en turno es de izquierda o de derecha.

X: @cesar_garcia131

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