Cuando se aspira al poder con base a la complicidad de un “padrino”

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RETRATOS HABLADOS

La ambición por el poder, la obsesión por alcanzarlo, de pronto nos presenta un escenario en que un indeseable de la política mexicana es convertido en el “Padrino” de otros, igualmente de indeseables y sobre todo impresentables, para que los conduzca hasta las puertas del cargo de elección popular más importante de un estado como Hidalgo. Así que ahí los vemos, mensajeando el que ruega sus favores, en tanto que el otro, con aires de absoluta certeza de que, le pese a quien le pese, será el que tome la decisión, le concede la esperanza.

Sin embargo, no es nada nuevo, porque desde la Roma de finales del siglo XV, el poder no se medía únicamente por el mérito, la virtud o el servicio a la comunidad; se medía por la capacidad de dominar el arte del chantaje, la simonía y la alianza cortesana. La dinastía Borgia —encabezada por Rodrigo Borgia, coronado como Alejandro VI en 1492— transformó el Vaticano en un epicentro de conspiraciones, donde el acceso a los altos cargos respondía a favores debidos, pactos de silencio y favores cruzados entre clanes rivales.

Cinco siglos después, el fantasma del renacentismo italiano sobrevuela la vida pública de México. En un ecosistema electoral donde personajes impresentables acuden a solicitar el aval, la bendición o la postulación de cúpulas igual de cuestionables, la política nacional confirma que las viejas mañas del maquiavelismo más crudo siguen vigentes.

Durante el cónclave de 1492, Rodrigo Borgia no llegó al solio pontificio mediante la adhesión espontánea a su santidad, sino tras una hábil negociación de prebendas y bienes.

El pacto con Sforza: Para neutralizar a sus competidores más fuertes, Borgia prometió al cardenal Ascanio Sforza el cargo de vicecanciller de la Iglesia, además de obsequiarle cuatro mulas cargadas de plata.

Tácticas de coacción: Quienes se oponían eran silenciados o aislados políticamente a través de su hijo César Borgia, figura a quien Nicolás Maquiavelo inmortalizó en El Príncipe como el arquetipo de la astucia calculadora y la violencia estratégica.

En la Roma papal, quien aspiraba a un obispado o a la gobernación de una provincia no acudía al pueblo ni destacaba por su probidad; se arrodillaba ante el patriarca del clan para rogar por un nombramiento. El precio a pagar era la lealtad irrestricta y el compromiso de garantizar impunidad recíproca.

En la política contemporánea mexicana, los mecanismos formales de la democracia sufren una distorsión similar. La designación de candidaturas a cargos de elección popular —alcaldías, gubernaturas o curules legislativas— a menudo replica el ritual del cónclave renacentista:

La búsqueda de la bendición de cúpula: Perfiles con historiales opacos o investigaciones abiertas se someten al ritual del «rogatorio» ante los caciques de los partidos políticos; el intercambio de favores: al igual que en la Italia del quinientos, la postulación no se concede de forma gratuita, se entrega a cambio de cuotas de poder, financiamiento ilícito o la promesa de encubrimiento legal una vez alcanzado el fuero.

No puede faltar, el reciclaje de personajes: figuras rechazadas por la ciudadanía en una fuerza política buscan el asilo y el padrinazgo de caudillos rivales, imitando las volubles alianzas de la nobleza romana.

El resultado de esta dinámica es una aristocracia partidista cerrada donde el electorado queda marginado del proceso real de toma de decisiones, limitado únicamente a ratificar listas previamente pactadas en privado.

El pragmatismo absoluto que caracterizó a los Borgia ofreció resultados inmediatos, pero sembró la semilla de su propia destrucción.

Anotaba Nicolás Maquiavelo en El Príncipe: «César Borgia consiguió el Estado con la fortuna de su padre y con ella lo perdió…»

Tras la muerte de Alejandro VI en 1503, la red de alianzas que sostuvo a la familia se colapsó de forma vertiginosa. César Borgia terminó despojado de sus dominios y en el exilio, debido a que el poder construido sobre la intriga y la complicidad carecía de cimientos institucionales legítimos.

Lo que vivimos en el México actual, la pervivencia de estos arreglos cupulares representa un peligro similar. Cuando las candidaturas se negocian entre actores cuestionados que se apalancan mutuamente, las instituciones públicas se debilitan y la confianza ciudadana se erosiona, recordando que los regímenes sostenidos en la conspiración suelen ser tan efímeros como vulnerables.

Al menos es lo deseable, aunque a veces la realidad de nuestros días, pareciera desdecir una conclusión tan benévola para la ciudadanía.

Mil gracias, hasta mañana.

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