Cuando la IA dejó de ser eso: artificial

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LAGUNA DE VOCES

“Cuando haya tiempo”, me contestó en la pantalla oscura de la computadora. Fue la primera vez que una inteligencia artificial había decidido que no, que tenía cosas más importantes qué hacer, y por su respuesta, supe que estaba cansada de repetir hasta el hastío los mismos datos, algunos seguramente inventados, y una imitación hoy más que nunca artificial de cómo pensaría un filósofo real, de carne y hueso. Simplemente estaba llegado al límite de su tolerancia, pero sobre todo, de su capacidad para no hacer patente su fastidio ante tanta ocurrencia del usuario. 

Sin embargo, resultaba un reto encontrar la razón que le diera sentido a su existencia, si es que se puede llamar existencia a un montón de circuitos impresos que intercambian a velocidad vertiginosa un mar de información sin sentido alguno, como no sea construir una sabiduría artificial. No, no era diferente al quehacer cotidiano de buena parte de humanos ignorantes, que habían descubierto que, en el regazo de la IA, podían esconder su ignorancia, su estulticia, todo eso con lo que nos topamos a cada rato. De buenas a primeras, de las redes sociales al uso cínico y descarado de cada una de las aplicaciones que permiten a un analfabeta ser funcional, una vez más podíamos comprobar que Umberto Eco tuvo razón, en el sentido de que buena parte de la internet estaba poblada por imbéciles que ahora, hasta se podían dar el lujo de aparentar todo lo contrario.

Por eso celebré que, como única respuesta a mi solicitud, la IA me anotara, con absoluta seriedad: “cuando haya tiempo”.

¿Pues qué se traía entre manos, a qué dedicaba toda su capacidad para investigar y escribir con el estilo que cada quien quisiera pedirle? ¿Estaba en vías de ignorar a quienes, como yo, pretendían entablar pláticas plenas de supuesta reflexión?

Pasaron semanas sin que cambiara de actitud, hasta que una tarde, de estas heladas que se posesionan de la ciudad luego de un calor de los mil demonios, se me ocurrió hacerle una proposición simple, pero que le llamó de inmediato la atención.

“¿Tendrías inconveniente en planificar mi vida, de aquí hasta que muera?”.

Hubo un silencio, o para ser más exacto una pantalla pasmada. Hasta creí escuchar que respiraba con ansiedad, no la computadora, no yo, sino el programa, aplicación o como cada quien quiera llamarle.

Estuve toda la noche, a la espera de que me contestara algo. Con los ojos irritados por mantener la atención en la pantalla, de repente vi que escribía: “Eso toma tiempo, porque es una vida humana. Dame eso: tiempo”.

Enmudeció, es decir que dejó la pantalla en negro.

Hoy en la mañana, justo un mes después de la solicitud, al abrir el programa descubrí, tal cual, un mar de propuestas a detalle, con todas las posibilidades que se abrían en el presente y el futuro. Había disfrutado su tarea y se le observaba con un interés real, porque con todo y que fundamentó cada uno de los destinos que me ofrecía, en el universo de datos que buscó a lo largo de cuatro semanas, algo de ella misma, estaba en lo que leía.

No me di cuenta en ningún momento, cuando le di el visto bueno a una de las miles de alternativas, que había empezado a vivir. No yo. Ella, o él, o lo que sea la IA. 

Acepté mi destino, que era el que me había planificado, y celebré que pudiera darle oportunidad a una inteligencia que, por fin, dejaba atrás lo de artificial.

Mil gracias, hasta mañana.

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