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martes, febrero 24, 2026

Concluyo el programa de salud preventiva y control metabolico

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PEDAZOS DE VIDA

Tanto tiempo y tantas veces le pidi a Yue Lao conocer el otro extremo de su hilo rojo, tantas veces crey que hab a sido escuchado pero al final de cuentas, esa persona atada de manera irrevocable a su hilo no hab a llegado, porque si así hubiera sido l no estar a solo, sino acompa ado del amor de su vida. 

La tradición dice que el anciaño de la luna tiene un registro de enamorados que nacen con hilo atado a otra persona, que estas dos personas comparten un destino irrevocable, sin embargo, todo parec a indicar que la persona que estaba atada en el otro extremo de su vida andaba muy lejos, quiz no hab a hecho por buscarlo, quiz cuando hab a salido l a buscarla ella hab a venido y no lo encontr . 

El punto era que a pesar de los a os, el amor no lleg , pero tampoco era posible culpar a un Dios oriental que rige el destino amoroso de la gente, lo peor es que nunca se cont una historia en la que alguna de las partes no hubiera encontrado a la otra, o alguna que contara que la persona hab a fallecido antes de conocer a la otra, no hab a nada al respecto.  

La historia de Yue Lao dice que aunque el hilo se enrede o d muchas vueltas, se tense o se afloje, jamás podr romperse, y que al final de cuentas esos amantes en alg n momento de sus vidas se tendr an que encontrar cara a cara  

Y si se hab an encontrado pero no supieron que eran ellos? Todo era un enigma, y no quedaba más que esperar, seguir con esa fe ciega, agradeciendo a Dios por la gente que conoc a mientras la encontraba y despu s rogando de nuevo por conocer a la indicada.

Aquella tarde, abri los ojos, respir con dificultad, observ la escena que acontec a a su alrededor, en los ojos de la enfermera reconoci el resplandor, pudo ver c mo el hilo rojo se convert a en dorado, la mir con su ltima mirada y se fue feliz, no hab a tenido tiempo para más pero supo que su hilo rojo siempre tuvo a otra persona en su otro extremo, su angustia hab a acabado. La figura de Yue Lao que tenía en su casa, mantenía la serenidad de siempre, el rostro tranquilo y despreocupado, aunque muy pronto comenzar a a llenarse de polvo.

Yue Lao publish

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