Como vapor de frío

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LAGUNA DE VOCES

Crece el frío, también se hace duro el corazón, como un jamón medito en el congelador. Es el tiempo, que fue, que nunca será para coincidir con las conclusiones físicas de que el ahora nunca existió, como no sea el ligero roce de una realidad que después se hizo humo, similar al vaporcito que expulsamos cuando respiramos en un clima gélido. Y estamos condenados a ser los fantasmas que caminan por las calles, sumergidos en miles de pensamientos igual a vagones de un ferrocarril que corre desbocado sin rumbo. Hace frío, y con bastante regularidad las estaciones dejan de tener un nombre, para ser simplemente paso obligado en el destino que nos espera en alguna parte, al final de la vía.

Con toda seguridad el camino que hemos recorrido desde que nacimos seguirá ahí, en un pueblo pegado al volcán, incluso con más frío que el pachuqueño, doblegado a la esperanza de que por razones que todavía no comprendemos, un día, imposible tal vez de que llegue en algún momento, el vapor que escupimos por la boca, dibuje el destino que creímos, que abrazamos, hasta que se desvaneció igual al humo transparente, que se hace nada.

Es la constante, la única razón de seguir por los siglos de los siglos, de caminar, de levantarse por las mañanas y saber que, nos guste o no, es el ritual cotidiano que nos hace mirar al jardín central del fraccionamiento donde hemos vivido los últimos diez, once o doce años, y que ha terminado por ser la única señal de que pertenecemos de algún modo al mundo, a universo, a lo que llamamos existencia.

Será necesario que, a partir de ahora, en ese afán de recuperar en lo posible la certeza de que aún respiramos, invoquemos a la fragancia suprema de la sonrisa que descubrimos a cada paso que damos, a cada instante que nos animamos a ver con los mismos ojos que, de pequeños, nos otorgaban la certeza en un ahora que empezamos a desconocer, a sospechar que a lo mejor nunca había existido.

Y, sin embargo, como en cada tiempo que miramos las sombras que caminaban igual a los vagones de un tren en marcha, haremos la parada, subiremos para emprender el viaje que siempre deseamos no sea el último, pero que un día lo será, o que tal vez lo fue en este juego eterno de los que todavía son invitados al camino luminoso de la existencia humana, fugaz, a lo mejor efímera, pero que es la única que conocemos.

Y por eso, nada más por eso, habrá de valer la pena emprender de nuevo el camino.

Mil gracias, hasta mañana.

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