Comezón

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Empezó como una ligera molestia y picazón en la cabeza que le provocaba comezón y ganas de rascarse ligeramente de vez en cuando para aligerar la incómoda y aún soportable situación.

Seguramente se trataba de una pulga de su pequeña mascota que se resistía a dormir en el suelo dentro de su confortable espacio de cobijas diseñado especialmente para él, para dormir justamente arriba de su cabeza o bien a un lado de ella recargando su hocico en los hombros.

Lo bañó con jabón especial y también hizo lo propio con otro artículo para el cabello para matar a los pequeños animalitos que les gusta alojarse sobre las raíces capilares y rascar como entretenimiento.

Momentáneamente la molestia cesó para ambos, aunque no duró mucho, la picazón regresó con mayor intensidad, lo que la incitaba a rascarse constantemente y le producía pena y miedo de que alguien observara y pensara  que cargaba con una familia de piojos.

Volvió a usar el shampoo, luego una crema hidratante, cepillaba a todas horas su cabello y a veces hasta lo aromatizaba con un difusor con esencia, se untó también mayonesa y s enjuagaba con té de canela.

Hizo de todo pero la comezón no cesaba, por el contrario, se extendía a otras partes del cuerpo, en donde también aplicó humectantes y cremas contra hongos y otros animales o bacterias que la pudieran estar invadiendo.

Su ser completo se había tornado rojo de tanto rascarse y presentaba pequeños granos que no desaparecían pese a los ungüentos y medicamentos que le habían recetado y recomendado.

Los médicos no daban con el diagnóstico y la situación empeoraba cada día, la piel ya se le comenzaba a desprender, su ropa y cualquier prenda que la cubriera se coloreaba de rojo por la sangre.

Dejó de ir a trabajar luego de gestionar una incapacidad, procuraba no salir de casa para que no la observaran, pero indudablemente tenía que hacerlo en ocasiones para salir a comprar enseres para comer y su autocuidado.

Al hacerlo, se cubría totalmente, ninguna parte de su cuerpo se asomaba, y procuraba o tardar, sin embargo los perros callejeros se le acercaban por el olor de la sangre y la carne, y pese a que los ahuyentaba la siguieron en la calle hasta sentir el ataque de uno de los canes, a quien se le sumaron los demás.

En pocos minutos ya tenía una jauría encima, y aunque algunas personas intentaron quitárselos, cuando lo lograron ya no respiraba, estaba desgarrada y se había desangrado. La mujer ya no volvió a sufrir de picazón y cambió de plano sin saber lo que tenía. Ahora, algunas veces, sus vecinos escuchan el correr del agua a la hora en la que siempre se bañaba para aplicarse el cúmulo de cremas y medicamentos que la cubrieron durante meses.

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