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jueves, febrero 26, 2026

Cliché

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Memento

“Dijiste: ¡Hey! Dije: Hola, ¿qué tal tu día? Dijiste: Mejor ahora, con una sonrisa.
¡Oh, qué cliché! Pero, para ser honesto, me alegró el día”
Cliché – mxmtoon

La palabra cliché viene del francés; su historia es curiosa, onomatopéyica. En el siglo XIX, en el mundo de la imprenta tipográfica, un cliché era una placa metálica usada para reproducir una imagen o un texto de manera repetida. La palabra cliché imitaba el sonido que hacía el metal al enfriarse cuando se vertía plomo derretido en un molde para crear esa placa: un clic-clac, un clish, un sonido metálico.

De ahí que el término sea una onomatopeya del sonido de hacer copias, y que haya pasado al sentido figurado. Con el tiempo, como esas placas servían para reproducir lo mismo una y otra vez, el término pasó a significar algo copiado mecánicamente y sin creatividad.

Desde ese tono cuando, al tocar una puerta, tienes que decir: “Buenas tardeeeees”, como el grito de los tamales, el de los camotes y un largo etcétera. Existen frases que trascienden las generaciones y los estratos.

El cliché es cómodo porque evita pensar. Y lo peor: todos caemos. Yo, tú, los que juran que son “únicos y diferentes” (otro cliché). Nos persiguen porque son fáciles, porque al cerebro le encanta lo predecible; es un flojonazo. Pero el cliché también es síntoma: cuando se vuelve habitual repetir frases sin peso, es que algo en nosotros dejó de observar, dejó de sentir, dejó de nombrar. Y ahí está el punto: un cliché no es malo por repetirlo, sino porque ha dejado de significar algo.

Romper un cliché implica un acto de honestidad: hablar con la verdad. Y, claro, asumir que a veces lo que realmente queremos decir es tan simple que da pena, tan vulnerable que asusta o tan torpe que no va a sonar poético. La vida ya tiene suficientes copias como para que uno mismo se convierta en otra. Suficientes placas tiene haciendo “clich” como para requerir una más. Hay muchas personas “perdidas, perdidas, perdidas” que quizá requerimos encontrarnos sin repetirlo.

El problema no es el cliché en sí, sino que lo usamos para ahorrar el esfuerzo de observar, pensar o sentir. No exige pensarlo demasiado. Sirve para tapar silencios incómodos, como esas frases que uno suelta cuando no sabe qué decir ante la tristeza ajena: “todo pasa por algo”. En lugar de decir: “no sé cómo sostener tu dolor”, preferimos utilizar una frase reciclada.

También he caído en clichés, lo admito. Todos. Hemos aprendido a decir frases que alguna vez funcionaron para alguien más. Y a veces sirven; a veces solo se vomitan. El cliché es repetido hasta que parece nuestro, aunque no lo sea.

Pero hay clichés que se vuelven entrañables. Los que vienen de la familia, de los amigos, de la gente que queremos. Ese “cuídate mucho, mijito” de mi Awe. Ese “échale ganas” que, en ciertos días, te sostiene. Esos clichés son cápsulas pequeñas de amor torpe, pero amor sincero.

Con el tiempo comprendí que un cliché no siempre es pereza mental. A veces es la única forma que tenemos para comunicar algo que nos rebasa. Porque no siempre hay palabras nuevas, y lo que sentimos tampoco es tan original como creemos. Somos más cliché de lo que nos gusta aceptar.

La conseja de hoy

Los clichés no son el enemigo. El problema es cuando los usamos para evitar decir lo que de verdad queremos. A veces lo auténtico empieza justo donde termina el cliché: en lo que improvisas, lo que sientes. Total, lo más cliché del mundo también es querer ser único.

Y como diría Derbez: “Oigame, no” -like si lo leíste con su voz-.

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