Candidatos: aquí no es de echar a perder para aprender

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RETRATOS HABLADOS

“No le sabe casi nada, pero aprende muy rápido”.

Seguramente usted ha escuchado esa frase por parte de alguno de sus parientes, ya de edad. Los resultados fueron con bastante regularidad buenos, y solo en algunos casos, el recomendado de plano huyó para nunca aprender el oficio. En su gran mayoría, los aprendices lograron convertirse en maestros, y los clientes llegaron a confiar en ellos, incluso más que en los titulares del negocio.

Hablamos de aprendices en un taller de torno, automotriz, o lo que usted mande y ordene, pero donde la materia prima no eran seres humanos, sino partes de una maquinaria.

Es muy diferente en la política, y en esto debemos estar muy atentos, ahora que se acerca la toma de decisiones en los diferentes partidos, para postular a sus candidatas y candidatos a cargos de elección popular, como son las presidencias municipales, el Congreso del Estado y el Congreso federal.

No sé si usted se acuerde de personajes de infausta memoria, que sustentaban su interés en ganar un cargo con la frase, “yo no soy político, soy empresario, soy artista cantante (o lo que usted mande) y por eso soy garantía de honestidad”. 

Así que estos sujetos, y el tonadillero, como llamaba el extinto periodista, Miguel Ángel Grandos Chapa, al cantante Francisco Xavier, es el ejemplo más lamentable, pero todavía más el ciudadano que creyó ese casi lema de campaña, “yo no soy político, vota por mí”.

¡Pues no! Porque quien aspire a un cargo de elección popular, debe ser político, por supuesto un buen político, que, primero, esté suficientemente preparado académicamente y después tenga conocimiento real del servicio público. Se entiende que sea honesto y con sensibilidad, está implícito.

No se trata de que simplemente de que se sepa ignorante del asunto, pero se comprometa a “echarle ganas” y que tenga la virtud de “aprende rápido”.

Se necesitan POLÍTICOS PROFESIONALES, porque la improvisación solo puede derivar en daños directos a los que se supone deben representar, o bien acabar en manos de quienes se ofrecen para hacer ese trabajo que nomás no le entienden, pero que, con bastante regularidad, derivan en un manejo deshonesto del poder, “que al fin quien da la cara es el otro”.

Ser representante popular como diputado local, federal o alcalde, debe entenderse como una distinción que otorga la ciudadanía a través del sufragio, pero de ninguna manera un cheque en blanco para que quien llegue dé rienda suelta a todas sus ocurrencias, y mucho menos para que empiece a hacerse popular la versión del empresario millonario que, “como ya ni necesidad tiene de robar” luego entonces será una maravilla. 

Debe ser una candidata, un candidato capaz, con preparación, con sentido común, con una lealtad a toda prueba a sus principios, y no a quien le regaló la nominación nomás porque sí, o seguramente por conveniencia.

Usted dirá que qué es eso de la lealtad a los principios personales, y déjeme explicarle que son los únicos vitales a la hora buena, si se entiende que hablamos de un personaje que no tenga un desequilibrio mental congénito o adquirido. 

Lo anotado pudiera llevarnos a la eterna discusión de si el hombre es bueno o malo por naturaleza, y a la defensa que hizo de la primera afirmación, Juan Jacobo Rousseau de que el ser humano es bueno o bondadoso de naturaleza, y que se corrompe por obra y gracia de la sociedad; contrario totalmente a esta aseveración fue Thomas Hobbes, quien destacó la naturaleza egoísta y agresiva de las personas.

Sin embargo, el hecho fundamental es que pocos carecen de principios básicos a los que le son leales, y de eso se trata. Y sin duda un principio básico es que no pueden, ni deben aceptar ser nominadas o nominados a cargo alguno, si se saben incapaces.

Aquí no se trata de aprender echando a perder. No.

Mil gracias, hasta mañana.

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