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TIEMPO ESENCIAL (XI)
Para no pocos fil sofos, su oficio no tiene por qu meterse en el bajo mundo de la pol tica, con la que deben establecer la saña distancia que demanda la reflexi n del cr tico, la imparcialidad del investigador y la rectitud del hombre moral.
Cierto es que, desde una mirada formalista, entre filosof a y pol tica ha de mantenerse una distinción semejante a la que en la ciencia se da entre el observador y el objeto de estudio, sin la cual la subjetividad puede sesgar el resultado que le arrojan los datos de la realidad objetiva.
Pero, aunque la filosof a comparta con las ciencias su apuesta por la raz n, su tarea es de distinta ndole; ella tiene que involucrarse en las ideas o especulaciones con las que el ser humaño comprende, ordena y dirige sus experiencias subjetivas, fraguadas en el desarrollo de su propia acción individual o social.
Siendo parte de la realidad humana, las ideas filos ficasíno pertenecen a un mundo ajeno a nuestra vida cotidiaña. El campo filos fico es un mundo de ideas y de realidades que interact an en una interrelación infinita y constante.
La vida pr ctica no solo responde al impulso y necesidad, sino a la voluntad que se dirige por prop sitos: desde aquellos impulsos ciegos presentes en los or genes de la vida, hasta los que se elevan a los estadios superiores de la inteligencia, la raz n o los valores, ampliando nuestro conocimiento y nuestra consciencia como ser en el mundo.
De la vida racional, los valores son lasínociones más complejas, porque a la vez que dependen de la realidad objetiva, requieren la autorreflexi n y cr tica de la acción pr ctica, pues nos hacen pensar en nuestros actos y sus consecuencias.
Sin lugar a duda una de esas actividades complejas es la pol tica; no s lo por su dificultad operativa, sino porque implica un conocimiento amplio de las capacidades y debilidades de la naturaleza humana, para discernir entre los bienes o beneficios particulares y los correspondientes al beneficio com n y de ste, el bien superior y el bien posible en medio de circunstancias siempre turbulentas y cambiantes.
Tan dif cil resulta encontrar tales capacidades entre la multitud que compone una sociedad pol tica, que hizo pensar a varios fil sofos entre ellos Plat , que los gobernantes deb an ser electos solo entre ellos, como nicos capaces de desempe ar tal tarea.
Plat n mismo quiso probar su f rmula convenciendo a cierto gobernante de Siracusa para poner en pr ctica sus ideas pol ticas; con tan mala suerte, que solo logr ser puesto por aquel en venta como esclavo en el mercado; donde, afortunadamente, lo reconoci un paisaño suyo quien lo compr y envi de regreso a Atenas; auxilio que no solo lo salvo de nuevos descalabros, sino permiti a la humanidad entera contar con una de las más bellas teor as pol ticas habidas en la historia, en la que innumerables generaciones de juristas, hombres de estado, políticos o educadores han encontrado inspiración fecunda para llevar a cabo sus tareas, transformando sus ideas en realidades concretas.
No obstante, las teor as y programas políticos son la concreción de grandes ideas filos ficas; haciendo mella con sus ideas en el mundo pr ctico; aunque no necesariamente en la conducta de sus gobernantes y gobernados, sino como valores y conocimientos insertados en el coraz n de la cultura, el lenguaje, los valores y las costumbres que conforman la civilización humaña.
na idea filos fica puede convertirse en un gran prop sito a conseguir, y entonces hablamos de un ideal. Hubo ideas que fraguaron en ideales hace tiempo y a n no nos abandonan; una de ellos es la democracia.
Dicha noción parte de otra idea o ideal revolucionario en su tiempo y todavía inalcanzado : el que todos los miembros de una sociedad, tienen los mismos derechos y obligaciones, más all de las condiciones que la fortuna haya querido concederles. Equiparar en derechos m nimos al prohombre y al villano, es un ideal que ha movido a la humanidad desde hace más de 2000 a os y que, por su propia fuerza transformadora seguimos tratando de convertir todavía en realidad en los tiempos actuales.
Entre nosotros, aunque a veces no nos quede tan claro y pensemos que ya lo hemos olvidado y hasta rechazado, el ideal democr tico ha movido la voluntad de los mexicanos desde antes de nuestra vida como nación independiente. Algunos han pensado en l solamente como una forma de elegir a los gobernantes; otros, lo entienden como el cumplimiento de un contrato originario alcanzado de com n acuerdo y, por su parte, hay quienes lo ven como una fuente de inspiración de la voluntad colectiva dirigida a reduciRío terminar las abismales diferencias y discriminaciones habidas entre los mexicanos.
Son las prioridades y los intereses particulares y colectivos, los que fomentan la diferencia entre las diversasínociones de democracia y el ideal mismo que ella representa; por lo que alcanzarla se convierte no solo en un problema político; sino tambi tico, social, cient fico y moral.
más all de la confrontación de personajes, partidos políticos, medios de comunicación y opiniones de todo g nero; han sido las ideas y los ideales los que se han enfrentado y nos han confrontado unos con otros en el ejercicio político.
Es dif cil llegar a creer esto cuando lo que más se critica a los actores políticos es justamente la falta de ideas, valores ticos o proyectos políticos; aunque en realidad la teor a está siempre presente en el pensamiento y la pr ctica pol tica, dirigiendo los prop sitos de sus actores y seguidores, fundamentando sus argumentaciones, moviendo voluntades y justificando sus decisiones.
Hoy, por ejemplo, esas diferencias se decantaron en la conciencia ciudadaña impuls ndola a poner fin a un sistema político agotado en sus posibilidades para generar una sociedad más justa, equitativa, sensible al bien com n y a los derechos sociales. El ideal democr tico revitalizado empuja esa gran decisi n colectiva dirigi ndola hacia nuevas alternativas que solo algunos pocos vislumbraron en medio de una crisis del sistema gobernante como una crisis de ideas, teor as e ideales-; haciendo nacer en la ciudadan a el deseo de aventurarse hacia un nuevo ideal democr tico; más all de las condiciones concretas que le acompa an.
Es por ello que no es posible separar la filosof a de la acción pol tica. La filosof a aparece solo cuando la pol tica ha alcanzado su m ximo desarrollo; cuando el pensamiento ha reconocido y aceptado la separación entre el orden m tico y religioso del ejercicio del poder del estado.
Estos cambios sucedieron en casi todas las civilizaciones antiguas (por ejemplo, a los emperadores aztecas los nombraban un consejo de nobles y el puesto no era hereditario de padres a hijos); sin embargo, fue en la antigua Grecia, pero sobre todo en Atenas, donde dicho proceso lleg a su culminación comenzado con los reinos arcaicos y convertidos más tarde en gobiernos aristocr ticos que, a su vez, a causa del desarrollo econ mico, dieron paso a gobiernos de las oligarqu as tras el triunfo contra los persas (guerras m dicas), al de los ciudadanos comunes y corrientes, que conformaron así el primer gobierno democr tico en el mundo occidental.
Fue en ese momento de la historia cuando nace la pol tica y ser en ese contexto de la Polis democrática que nacer a su vez la filosof a. Y no solo por casualidad, sino como consecuencia de la pol tica, algo que suele olvidarse, pero que resulta determinante en la historia del pensamiento y la vida pol tica de Grecia y posteriormente en toda la civilización occidental.
Por ello es que la vida y la muerte de S crates son tan importantes para la humanidad. No se trata de un episodio tr gico y aislado en la historia de Grecia, sino un acontecimiento determinante para la pol tica y la filosof a. Con la primera, Atenas alcanz el más alto grado de organización habida en el mundo antiguo; no solo en lo social y la actividad pol tica sino en el campo de las ciencias y las artes; en la pol tica y las relacionadas con la vida p blica: el derecho, la oratoria, la argumentación y la moral p blica; la separación entre lo p blico y lo privado, las responsabilidades ciudadanas y el amor a la patria.
Se cuestionan los valores m ticos del pasado, mediante la tragedia y la comedia. Para el ateniense nada queda fuera de la esfera de lo político y sus valores y finalidades: fama, fortuna y riquezas. Y sobre todo un valor exaltado por la libertad, tanto de su ciudad frente a otras con las que comparte historia, lengua y costumbres como de cada polites (ciudadano) respecto a los otros en sus decisiones p blicas.
En Atenas del siglo V Antes de Nuestra Era, ya está presente la historia pol tica de Occidente tal y como se le conoce hasta nuestros días; tanto en sus principios como en los g rmenes de su propia destrucción.
Y es en ese contexto de positividad, de seguridad en su propia val a y grandeza frente al resto de la humanidad donde aparece el tonto de la colina; el aguafiestas, el t baño de Atenas, que molesta con sus preguntas molestas a sus entusiastas y narcisistas habitantes, tan orgullosos de su ciudad como de su propio saber y val a.
na y otra vez volvemos a la experiencia socr tica no por gusto ni af n ilustrativo; sino porque esa historia es tambi n nuestra historia, que señala un antes y un despu s en nuestras vidas y conocimientos. Antes de l la filosof a era conocimiento de la naturaleza o conocimientos y habilidades para pertenecer al gobierno de la ciudad, divididos en las escuelas de los f sicos y la de los sofistas.
Lo que S crates descubre en s mismo es que sin un conocimiento de su propio ser, el hombre anda a ciegas sin acertar a dirigirse a s mismo y mucho menos a los demás hacia lo verdadero, razonable o ben fico para su persona y la ciudad, y lo hace cuestion ndose los valores o conocimientos que lo han formado y guiado en su vida; confesando con candor a sus paisanos que l solo sab a que nada sab un verdadero contrasentido, una broma de mal gusto sobre su persona que comenz a molestar a algunos de sus conciudadanos que ca an en la cuenta de su propia ignorancia pese a su fama de sabihondos.
Sin saberlo o no, a pesar del entusiasmo que despertaba en muchos y el odio que generaba en otros, S crates avanzaba hacia un posicionamiento radical que terminar a por enfrentarlo a la l gica del conocimiento más elevado y que despertaba la mayor admiración y respeto entre sus contempor neos: el de la pol tica; cuyos resultados, pese al reconocimiento de sus m ritos, comenzaban a mostrar s ntomas fatales de decadencia; un contrasentido imposible de aceptar por sus habitantes.
Pero esa es otra historia que abordaremos en otra participación de Tiempo Esencial.
Con este art culo cerramos en 2019 la primera poca de Tiempo Esencial; cuya reedición actual ha concluido con el mismo texto revisado. La consideramos como una etapa introductoria de nuestra columna destinada, como lo saben los que han seguido sus pasos, a abrir un espacio de di logo filos fico en Hidalgo, ayuno hasta ahora de su cultivo acad mico en su territorio e instituciones superiores. Si su inter s y la buena voluntad del Director del diario Plaza Ju rez lo permite, iniciaremos pr ximamente una segunda poca; acorde a los acontecimientos actuales que enmarcan nuestro intento de desarrollar una filosof a contextualizada en el aqu y ahora, que dote de sentido y prop sito nuestra misi n cuasi evang lica. Doy las gracias a l y a ustedes por su atención, esperando se comuniquen con PLAZA JUAREZ si desean que este espacio de reflexi n siga adelante y si no les place, tambi n lo manifiesten. A m me pueden contactar en mi e-mail: miguelseral22@gmail.com
TIEMPO ESENCIAL (XI) /EDICION 2018/ PARA SU REEDICION 300924)
/ La batalla de las ideas: pol tica y filosof publish


