RELATOS DE VIDA
Llevaba constantes noches soñando con sus abuelos paternos diciéndole que se sentían solos, y la situación le hacía recordar la última vez que los vio vivos, sonriendo y brindándole consejos ante las situaciones que se le presentaban.
Decidió que era una señal para visitarlos en su última morada, platicarles lo que ha estado pasando, cómo se ha sentido y, principalmente, decirles lo mucho que los extrañaba.
El fin de semana preparó café que sirvió en un termo y emprendió camino al panteón, en el camino hizo una parada rápida para comprar unas flores y llegó a la capilla en donde se encontraban las urnas.
Abrió la puerta de cristal, se introdujo en el pequeño espacio, los saludó y besó las pequeñas cajas en donde descansan sus restos, para después dar un sorbo al café y comenzar a contar lo que había sucedido desde que partieron.
Estaba recargada en la pared y mientras narraba las experiencias sus mejillas se humedecían por las lágrimas que brotaban por la nostalgia que representaba estar frente a sus cenizas.
En tanto, alrededor se escuchaba el caminar de personas que también visitaban a sus seres queridos y algunas pláticas poco audibles, cuando escuchó que alguien se acercaba, aunque no le tomó importancia porque estaba concentrada en la plática con los abuelos.
En pocos minutos una mujer pasó frente a la capilla en donde se encontraba recargada, al sentir una presencia la mujer pegó tremendo grito, para después decir “¡Ay muchacha, me espantaste!”.
En respuesta casi inmediata, la joven le respondió con seguridad “¡Cuando estaba viva también espantaba!” y dibujó una sonrisa burlona imperceptible. La mujer al escuchar la frase se puso pálida y enseguida cayó al piso.
La jovencita se espantó por la reacción, salió de la capilla para auxiliarla mientras gritaba por ayuda, en pocos minutos llegó el panteonero quien le pidió acudiera a la oficina y tomará el alcohol y una botella de agua que estaban sobre la mesa.
A su regreso, le hicieron oler el fármaco que en pocos minutos la despertó, para después darle a beber agua. La mujer fue recuperando el color y la jovencita apenada le pidió disculpas por su pequeña e inocente broma, para después llevarla a comprar un bolillo “pa’l susto”.



