Memento
“Encuentra tu paz, encuentra tu dicho, encuentra la ruta fácil en tu camino, brindaste confianza, un chico a quien salvar, a ti te dejó frío y a él en la tumba”
The God That Failed – Metallica
La palabra ateo proviene del griego a– (sin) y theós que significa Dios, es decir que literalmente significa: “sin dios”.
En la antigua Grecia, ser “ateo” no significaba necesariamente negar la existencia de todos los dioses, como hoy lo entendemos. Más bien era una etiqueta que se usaba contra quien rechazaba a los dioses oficiales o cuestionaba las creencias establecidas.
Era casi un insulto político-religioso. Figuras como Sócrates fueron acusadas de corromper la relación con los dioses de la ciudad. No porque fueran ateos en el sentido moderno, sino porque incomodaban el orden establecido.
Con el tiempo, en latín (atheus) y luego en lenguas modernas, el término se endureció: pasó de ser una acusación ambigua a la negación de la existencia de Dios o Dioses.
Ateo no nació como una etiqueta arrojada desde el poder hacia quien pensaba distinto. Luego, con el tiempo, algunos decidieron apropiársela y convertirla en una postura filosófica.
Constantemente recibo mensajes de algunas personas invitándome a ser parte de su fe, yo no recuerdo haber enviado invitación a ser ateo o dejar de creer en lo que se cree.
Sin embargo, cuando digo que soy ateo nunca falta la persona creyente o demasiado religiosa que se encarga de explicarme por qué estoy mal, me manda videos, mensajes y cadenas donde me intenta convencer de que su religión o sus creencias son las correctas. Y mira que no lo tomo a mal, intento tomarlo con cierta perspectiva en la que me convenzo que no es malo, pues esa persona intenta hacerme “bien”. Aunque lo cierto es que está transgrediendo mi confianza, y -para mí- eso es una falta de respeto. Es más, creo que es ir en contra de lo que su propia religión dice: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Y como a mí no me gusta que me estén chingando, procuro no chingar al prójimo.
No es que el ateo rechace la idea, sino que vive en un mundo donde lo divino no existe en su experiencia propia o compartida. No es algo contra Dios, sino una fidelidad a lo que se le da: un horizonte donde lo visible, lo tangible y lo intersubjetivo bastan para constituir sentido, dejando a lo divino como una ausencia que no se percibe, y por tanto, no se afirma.
Cuando Nietzsche dijo: “Dios ha muerto” no fue una declaración literal, sino un diagnóstico. La modernidad ha erosionado las creencias que sostenían a la religión, moral absoluta, verdades incuestionables. Aunque Dios ya no estructura la vida como antes, seguimos actuando como si lo hiciera. Al matar a Dios, no solo se cae la fe, también el piso que nos decía qué está bien, qué vale y para qué vivir; lo peligroso no es la muerte de Dios, sino el vacío que deja. Por eso la frase no encierra una victoria sobre la fe, sino con incertidumbre, ahora que no hay un sentido dado, toca enfrentarse a la tarea incómoda de crearlo sin garantías. No actuábamos porque creyéramos que hacíamos bien, sino que en muchas ocasiones era desde el terror moral.
La conseja de hoy:
Creo que “Dios” no se manifiesta como presencia, sino como idea cultural, concepto heredado o lenguaje. “En mi experiencia, Dios no aparece”. No es pose, es como he vivido. No es necesariamente una postura agresiva, sino una descripción de mi mundo: en mi horizonte, lo divino simplemente no se muestra. Y cómo me diría mi Awe: “Eres un brincapatras”.




