Aquellas ferias que eran para el pueblo 

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EL PEQUEÑO TIMMY 

¿A quién no le provoca nostalgia recordar aquellas viejas ferias de pueblo que sí eran para el pueblo? Esperar todo un año para oler el pan de feria recién horneado con sus nueces crujientes, ajonjolí color dorado y hojas de encino; los churros recién fritos espolvoreados con azúcar y canela; las fresas con crema; también las gorditas de nata que antes no iban rellenas… 

Hoy, prácticamente, cualquier día del año se puede conseguir cualquiera de estas delicias sin tener que esperar tanto tiempo para generar el valor culinario que tenían estos productos, algo similar está ocurriendo con el pan de muerto, que en algunos lados comienzan a venderlo en cualquier fecha. El problema además de perderle el gusto a estas delicias es que las recetas se han diluido conforme a la economía del cliente. 

Qué bonito era jugar a las canicas y llevarte una alcancía de yeso, subirte a uno que otro juego y comerte un mango enchilado en el teatro del pueblo. Aquellas ferias en las que el pueblo aprovechaba para reponer los jarros del café que se habían roto durante el año, los platos y otros trastes al grito de «¡ahí le va otro, y otro más, dame uno de allá y échale otro más, ponle una cubeta a la patrona para que los pueda llevar y ya encarrerados otro plato más…!». 

Las ferias que por años divirtieron a la población de una forma genuina y de costos relativamente accesibles se han quedado atrás, las ferias costosas, que cobran por todo se han impuesto desde discursos piteros y falsos como mejores ferias para el pueblo sin que exista la posibilidad real de que el pueblo disfrute de este tipo de eventos.

Aquellas ferias en las que el costo mayor era para los eventos dentro de los palenques y que apostaban por teatros del pueblo para el pueblo con grupos que disfrutaba la población sin tener que pagar una entrada, o tener que pagar el acceso a una zona exclusiva.  

En aquellos tiempos, se decía “la feria quiere feria”, hoy para una gran parte de la población esa última feria no alcanza para la feria, y si hay buena suerte se puede ir solo una vez, con la ilusión de poder ver, siquiera de lejos, al grupo que se presente en el teatro del pueblo.

Qué envidia de todas esas ferias tradicionales que luchan por hacer frente a las ferias de los ricos, aquellas donde funcionarios públicos ocupan los lugares exclusivos, las que requieren de pagos en: estacionamiento, baños, juegos especiales, juegos de azar como las canicas o los patitos y que han perdido la esencia de una feria, que era la fiesta popular, el evento para el pueblo, para todo el pueblo y no para unos cuantos. 

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