Antes que la creación sea olvidada

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LAGUNA DE VOCES

En el principio de los tiempos fue la palabra que dio vida a todo cuanto hoy mismo conocemos, y desembocó en un lugar conocido como universo donde nunca acabarán de aparecer motivos para nombrar la realidad, esa que conocemos y se acaba cuando morimos. Pero la palabra camina más aprisa y decide volver a crearnos, a dejar que corramos mejor suerte, incluso la posibilidad de construir sueños que acostumbramos aplazar en los primeros intentos, para luego olvidar y empezar, empezar y empezar sin razón alguna.

Así como somos un intento constante por lograr la sentencia eterna que decidió nombrarnos, por eso cambiamos, dejamos las eternidades para conformarnos con esto, con el espacio diminuto que nunca nos asignaron, porque algo único, especial, era lo que nos había sido otorgado, pero, migajeros que somos, dijimos que sí, que estaba bien, que después de todo querer el tiempo sin medida no sonaba nada bien si se pronunciaba, si se le asignaba un valor sin fin.

En el parque la hoja de un árbol, adornada por millares de cristales, que eso son las gotas del aguacero de esta temporada, permanece estática con todo y que ya empezó a correr el aire de estas tierras, frío como la pasión perdida, frío igual al cadáver que todos terminaremos por ser, frío alejado del calor que explotó en el principio de los tiempos. Es el ciclo que nunca termina.

Estoy seguro que solo recordaré un 8 de junio de quién sabe qué año, porque descubrí que la eternidad es esta, la que padecemos por ser testigos de una misma historia, que se reinicia sin que podamos meter las manos, que cae una y cien veces, que no tiene remedio, porque la palabra dejó de nombrar lo nuevo del universo.

Seguro se cansó, pensamos, y puede que sea cierto, porque de otro modo no se entiende que hayamos decidido dejar de esperar algo, lo que sea, pero algo, que nos aleje de los sueños donde ya no reconocemos la existencia real de nada, la vida pues, la antes fundamental capacidad para respirar y darnos cuenta de que seguíamos aquí, que no nos habíamos ido sin decir adiós como ha sido una constante desde hace muchos años.

La palabra, la que se cansó de pronunciar, de inventar a todas horas, de recrearse para no ser presa de la Inteligencia Artificial que invade todos los rincones del pensamiento, y por eso regresar a la costumbre antigua de permitir que los fantasmas tomen el mando, alejen a ese otro fantasma del ser inanimado que crea, pero no crea nada.

Supongo que cuando se terminen las palabras que dan vida a la nada, dejaremos de existir como personas; que cuando sea igual llamar árbol a un estuche de lentes, entonces será el momento exacto para despedirnos, para decir el adiós eterno que tarde o temprano iba a llegar y llegó.

Pero por lo mientras, será importante recordar que cuando un niño recién nacido dice “mamá” o “papá”, da vida a seres indiferentes que hasta antes de su nacimiento eran la sombra de algo inanimado, algo que simplemente estaba ahí, a la espera de ser pronunciados para convertirse en seres únicos, seres luminosos, los que después tal vez olviden ese instante, y tengan que recurrir al instante en que el universo se dio la voz de la explosión para empezar, empezar y empezar.

Mil gracias, hasta mañana.

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