RETRATOS HABLADOS
La vista que tiene el Salón Plata del Hotel Emily de Pachuca, es única: el antiguo, eterno nacimiento iluminado con miles de luces trepadas de los cerros, cada una con historias que contar, de sueños, de compromiso con el padre y con él mismo: “algún día, con la ciudad de fondo, hablaré, contaré el camino que seguí, el gusto por hacer de la vida un sueño, y del sueño una vida”.
Alfredo Rivera Flores, presentó ante las personas que más quiere, su familia por supuesto, un libro que podría sonar a despedida a sus más de 85 años, pero que, estamos seguros, dará paso a una nueva obra, siempre surgida de su propia existencia como las del escritor francés, Emmanuel Carrere.
También es cierto que siempre lo perseguirá el libro de la Sosa Nostra, que lo tuvo en vigilia por más de 16 años, y que incluso al propio Alfredo a estas alturas, con todo y que marcó un hito en la lucha por la libertad de expresión, pareciera cansarle que solo se hable de una de sus obras, cuando su gusto más constante es por la literatura, a veces, igual que Arreola se confiesa más lector que escritor, pero ambas tareas las desempeña con gusto, y eso es lo que vale en estos menesteres.
Guía, apoyo hasta psicológico de más de una veintena de, en ese entonces, jóvenes periodistas, hoy todos arriba de los 60 años, el memorioso Rivera Flores, que recuerda su infancia y el exilio a que fue condenado por su padre cuando decidió no acudir a la escuela primaria en repetidas ocasiones, sabe que no soñó todo lo que ha pasado en su existencia, y sabe también que ha cumplido con lo que siempre se planteó como su deber.
“SÉ, que no lo soñé”, es un texto en que nos invita a conocer una vida casi de novela, porque lo mismo padeció y casi fue sepultado por una demanda judicial del poder político en todo su esplendor, que también vivió en París, donde supo sin duda, que había sido bendecido por los dioses, que lo llevaron a tener una visión del mundo, y por lo tanto de su terruño, Hidalgo, más ligada a la posibilidad de construir cada sueño en la realidad.
Por eso habla de París-Praga-Pachuca.
Por eso, además de su familia, que siempre cita como piedra angular de su existencia al lado de Irma, su compañera de vida, lo acompañaron sus amigos más cercanos, y los que por tradición y aprecio, siempre acudimos a una invitación para celebrar no solo su vida, sino la de todos; porque es un gusto verlo igual de vital como en esos tiempos, que el Espacio Cultural era el lugar para empezar a comprender la historia de un país: México, y un Estado: Hidalgo, casa eterna para los que un día, un año, llegamos a sentir que, por fin, podíamos hablar de un lugar-nacimiento de todo el año, como es Pachuca, y reconocernos en personas como Alfredo, un pachuqueño afable, dispuesto a contar siempre, una historia, la suya, que ya es parte de nuestra historia.
Mil gracias, hasta mañana.






