“¡AHÍ ESTÁ TU CALAVERITA!”

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TLAMATINI

Cempoalxóchitl

Esta mañana, de camino al trabajo, miré por el retrovisor derecho y en él resaltaba el sol naciendo detrás de un par de cerros. Apenas se asomaba una pequeña esfera luminosa, cargada de un amarillo y un anaranjado tan intensos que me hicieron recordar las flores de esta época.

Cempoalxóchitl, que significa «flor de veinte pétalos» o «muchas flores», es el símbolo estelar del Día de Muertos en México: un puente de luz y aroma tendido entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Pensándolo bien, en algunas comunidades que aún preservan la tradición, las casas ya se preparan deshojando pétalos para trazar senderos desde la entrada hasta el altar, iluminando y guiando el camino de los difuntos hacia sus familias. Una estampa cada vez más difícil de atestiguar en la ciudad y, menos aún, en el fraccionamiento donde vivo. Acaso colocan un altar en la entrada principal, pero los adornos de las casas son de arañas, fantasmas y brujas de plástico y hoy es más común ver a los niños pedir calaverita que ir al panteón a limpiar las tumbas.

No me gustan estas fechas. Me hacen recordar no solo a los muertos, sino también lo muerto y lo dado; la carga del pasado. Cuando era estudiante de preparatoria, los puestos se amontonaban en el tianguis principal de Actopan para vender todo lo necesario para la temporada. Yo fui chalán en uno de esos puestos. Qué días tan duros. La jornada arrancaba a las tres y media de la mañana y terminaba a las diez y media de la noche. Por todo ese día de paliza me pagaban doscientos pesos. ¿Cuánto le pagarán a un chalán ahora? Para mis dieciséis años no estaba nada mal: juntar doscientos pesos diarios significaba tener unos dos mil varos para el dos de noviembre. En aquel entonces, eso era una fortuna. Hoy me caen a la bolsa y se esfuman en un parpadeo.

Recuerdo que un 30 de octubre, ya casi al cierre, el dueño me pidió que recogiera todo para irnos. Lo hacía envuelto en el vapor del incienso, bailando al ritmo de las cumbias que nunca dejaban de sonar en el puesto de discos vecino, mezclado con el sudor de mi propio cuerpo que se impregnaba del olor a fruta y verdura que había cargado todo el día. Creo que ningún perfume podría replicar esa fragancia peculiar que jamás he vuelto a oler, pero que tampoco extraño.

Al agacharme para tomar una caja de aguacates y vaciar los sobrantes, unos niños se acercaron inocentemente con su bolsa pidiendo calaverita. Estaban felices; creo que apenas comenzaba esa costumbre por estos rumbos. El señor del puesto, en lugar de darles algo, le aventó un tejocote en la cabeza a uno de ellos gritando: “¡Ahí está tu calaverita!”, para luego soltar la carcajada. Los niños se fueron tristes. Yo me quedé pasmado, pero a los pocos metros los llamé a escondidas y, sin que el patrón se diera cuenta, les repartí unos treinta pesos que me habían dejado de propina. Los niños sonrieron. Yo no sentí nada en particular; igual que el señor, me resisto a la mezcla de tradiciones gringas con las mexicanas, pero de lo que jamás estaré a favor es del maltrato y violencia a los niños.

Quizás esos muchachos que salen en estos días a pedir calaverita solo buscan juntar un puñado de dulces para divertirse mientras recorren las calles. Qué sé yo.

Feliz Día de Muertos… ¿se dice así? Bueno, mejor disfruten de su puente. Yo sí lo haré. Hace poco hablaba con mi madre sobre cuánto me gusta pasar estas fechas sin hacer nada, porque durante muchos años jalé y cargué hasta el cansancio. Hoy, es verdad, debo ir al panteón a limpiar una tumba.

Hasta pronto…..

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