Adultos que no saben jugar

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Esta semana es el Día del Niño y, casi siempre, lo primero que viene a la mente son globos, dulces, caricaturas, de todo, menos en ti. Casi nunca pensamos en nosotros, crecimos, “ya no toca”, hay pendientes, cuentas, responsabilidades. Y sin darte cuenta, en medio de todo eso, dejaste de jugar.

Y no, no hablo solo de juegos como tal. No es que tengas que comprarte un juguete o sentarte a colorear, aunque no estaría mal. Hablo de algo más profundo: esa capacidad que tenías de hacer algo sin objetivo, de disfrutar sin justificarlo, de perderte en algo sin preguntarte si vale la pena, porque jugar no era el juego, era el estado mental.

Un estado donde no estás sobreviviendo, estás presente, y eso no es infantil. De hecho, tiene una base biológica clara. El juego, incluso en la adultez, está relacionado con la regulación emocional, la creatividad y la toma de decisiones. Cuando juegas (reír, improvisar, moverte sin estructura) activas circuitos de dopamina que no solo generan placer, también motivación y aprendizaje. Es decir, no es perder el tiempo: es cuidar tu cerebro.

El problema es que nadie nos enseñó eso. Nos enseñaron a cumplir, a aguantar, a no equivocarnos, pero no a disfrutar sin culpa. Y entonces aparecen adultos funcionales que no saben jugar.

Tal vez te suene: “no tengo tiempo”, “no soy así”, “qué flojera”, “qué oso”. Pero muchas veces no es falta de tiempo, es falta de permiso, porque jugar implica soltar el control, y eso incomoda. No hay estructura, no hay resultado claro, no hay productividad. Para una mente que mide todo, eso es difícil de sostener.

Piensa en algo simple: que alguien te invite a bailar sin pasos, sin coreografía, solo por bailar. Mucha gente se congela, se ríe incómoda o se niega. No porque no quiera, sino porque se expone. El juego muestra cómo te mueves, cómo te expresas, cómo te sientes. Y si creciste en un entorno donde eso era juzgado, es lógico que lo evites.

Entonces no es que no te guste jugar, es que aprendiste que ser tú podía ser riesgoso. Y eso pesa. No es solo cansancio, es tensión acumulada por años de estar en “modo correcto”. Tu cuerpo lo resiente, de hecho, los estados de relajación profunda, muchos vinculados al juego,  reducen el estrés, regulan el sistema nervioso y aumentan el bienestar. Tu cuerpo necesita momentos donde no esté resolviendo nada… pero no se los das.

Y entras en un ciclo: te exiges, te cansas, buscas descanso, pero no sabes descansar. Te distraes, no te llena, y vuelves a exigirte. Scroll infinito, series a medias, comer sin darte cuenta… eso no es jugar, es desconectarte. El juego, en cambio, te conecta.

No es lo mismo distraerte que nutrirte, y el juego nutre. Tu sistema nervioso, tu creatividad, incluso tus relaciones. De hecho, los vínculos que incluyen ligereza, humor y espontaneidad suelen ser más fuertes. Pero si tú no sabes jugar, tampoco sabes invitar a alguien más a ese espacio. Y entonces tus relaciones funcionan… pero no necesariamente están vivas.

Lo curioso es que puedes sostener estrés extremo, pero no ligereza, puedes con la presión, pero no con la espontaneidad. Y eso dice mucho, porque la rigidez no es madurez, es defensa. Y aunque en algún momento fue necesaria, no significa que tenga que quedarse para siempre.

No necesitas cambiar tu vida para recuperar el juego. Necesitas abrir microespacios, momentos pequeños: reírte más de lo habitual, bailar una canción en tu cuarto sin grabarte, hacer algo sin compartirlo, decir algo tonto sin corregirte. Cosas simples que rompen la estructura.

Poco a poco, eso genera más flexibilidad, más presencia. Y aquí algo importante: cuando recuperas el juego, no te vuelves menos responsable, te vuelves más humano. Y eso impacta en todo.

Así que, para este Día del Niño, no te voy a decir que sanes tu infancia. Te voy a dejar algo más incómodo: obsérvate, de verdad. ¿Cuántas cosas haces porque quieres y cuántas porque tienes que? ¿Hace cuánto no haces algo solo por el gusto de hacerlo? Cuando tienes un momento libre, ¿lo usas para ti… o lo llenas para no sentir?

Tal vez el problema no es que creciste. Tal vez es que en el camino te fuiste dejando, Y nadie va a regresarte a ese lugar. No va a aparecer el momento perfecto ni van a desaparecer las responsabilidades, pero sí puedes empezar a darte permiso en lo pequeño. Sin anunciarlo, sin justificarlo. Solo porque sí.

Porque cuando dejas de vivir solo desde el “tengo que”, empieza a aparecer el “quiero”. Y ahí… la vida se siente diferente.

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