PEDAZOS DE VIDA
Las luces del lugar se atenuaron. Desde abajo, el escenario parecía un campo sembrado de luciérnagas de colores, obedientes, suspendidas en la oscuridad. A un costado esperaba el cañón de seguimiento, listo para encontrarla en ese instante preciso en que todas las demás luces se apagaran y el mundo quedara reducido a una sola figura.
Su debut en el escenario quedó marcado en su memoria por el temblor inicial de las piernas. Estuvo a punto de caer al salir frente al público. Sin embargo, apenas comenzaron los primeros acordes de Believe, el miedo se desvaneció. Al terminar la interpretación, los aplausos estallaron sin reservas, la conversión en Cher fue un éxito.
Hay chicas a las que les toma tiempo encontrar su lugar en ese ambiente. Ella no. Aquella noche fue como una sirena que, después de una larga travesía, por fin regresaba al mar. Su presencia era imposible de ignorar. Había llegado a casa.
La primera vez que Estrella escapó de la muerte, supo que hay algo más valioso que el dinero, y se juró a sí misma: no volver a denigrarse, trabajar bajo sus reglas y evitar fantasías asquerosas de políticos y empresarios, personas que ni con montañas de dinero dejan de ser unas bestias, al contrario, se creen intocables.
Las heridas no sanaron pronto. Tuvo la cara hinchada varias semanas. Una costilla rota y el labio superior destrozado. «Así es esto, hermana», le había dicho la Evelyn, su compañera de trabajo y amiga. Ella le contó que una vez creyéndola muerta la fueron a tirar a una cañada que funcionaba también como basurero. Si no hubiera sido por un hombre que pasó por ahí, no la hubiera contado. Y quizá fue por esas charlas entre cigarros a mitad de la noche en espera de clientes, que Estrella logró escapar de aquel hombre que sin dudarlo la hubiera matado por negarse a defecar encima y tener sexo con él en esa asquerosa condición.
Desde joven siempre había tenido una conexión con la música y con el maquillaje de mamá que, aunque corriente, era muy variado. La música no era todo. También estaba el imaginar a las cantantes que escuchaban en casa, «… y todas las promesas de mi amor se irán contigo. Me olvidarás, me olvidarás…». También había éxitos de Rocío Dúrcal; después, Daniela Romo y, con el paso del tiempo, llegaron a su vida las que cantaban en inglés: Madonna, Janis Joplin, Dusty Springfield y otras más. Por alguna razón, las voces femeninas le atraían mucho más que las de los hombres. Y eso, en algún momento, fue un problema, porque su padre decía que esas canciones eran de vieja y que se iba a «hacer maricón» si las escuchaba. Aunque puso resistencia, con el tiempo comprendió que no se puede renunciar, así como así, a ser quien uno es. También descubrió que no quería ser un maricón, él era una mujer.
Fue una tarde de otoño, cuando Daniel comenzó a morir con mayor rapidez. Salió de casa con la vergüenza que le habían hecho sentir, con una mochila en la que metió la ropa que pudo llevarse junto a los reproches y los insultos, a un ladito de un corazón destrozado y de un barniz para las uñas Cutex color rojo. Con el secreto del abuelo, el abuso que la familia no estaría dispuesta a creer, es más, ni siquiera a escuchar.
Estrella nació en la oscuridad. Entre clientes que pagaban por la fantasía de acostarse con un hombre disfrazado de mujer y otros que buscaban tener el miembro de un hombre dentro, algo que sus esposas no podían darles, necesitaban ese placer y que los rumores fueran a causa de otra mujer, nunca por un hombre.
Intentó estudiar porque le dijeron que no había otra forma, pero ese sueño duró muy poco, hubo forma, pero no hubo tiempo; se dormía en las clases y al final tampoco pudo ser Estrella. Daniel terminaba de morir mientras Estrella, como el ave de la resurrección, comenzaba a crear su nuevo mundo.
Hubo miseria, falsos amores y desolación. No fue miel sobre hojuelas. ¿Cómo puede pedirte un cliente que seas suya nada más, cuando él mismo no puede dejar de ser el esposo perfecto que tiene una familia para no ser juzgado? Cualquiera hubiera aceptado. Ella no. Ese era su mundo y nunca dejó que el mundo decidiera quién era.
La huida de Estrella se consolidó al llegar a la ciudad y entrar a «La Zona». Ahí descubrió que había un lugar para ella, comenzó con una canción de Cher, pero después hizo show con imitaciones de muchas otras. Ahí aprendió que los clientes beben, las artistas jamás. También supo de los cuidados de la piel y en qué gastar el dinero. Una vez lloró al escuchar a una actriz mayor decir en una obra de teatro: «Muerta por dentro, pero de pie como un árbol».
Es imposible resumir la vida de una mujer como Estrella: las noches de gloria, las chicas que ayudó, la valentía para afrontar los problemas, su reconstrucción, la integridad y el orgullo… Cuántas veces la mataron y cuántas veces comenzó a luchar. ¡Nunca se dio por vencida! Acá nadie conoció a Daniel, aquí siempre fue Estrella, la de la cara bonita, la mujer que se ganó el respeto de generaciones.
Estrella sigue ahí. Haciéndole honor al nombre que eligió, por eso cada vez que llega una, me gusta contar esta historia. Ella era unos años mayor que yo y de eso aprendí mucho. Me ayudó con mis estudios, aunque tampoco los terminé, y también con varios problemas. Más de una vez se enojó conmigo, pero antes de actuar de forma impulsiva o correrme decidía abrazarme, se guardaba el «te lo dije» y en una ocasión me acompañó con sus lágrimas. Antes de morir le pregunté por qué había sido tan buena conmigo y ella con toda tranquilidad me dijo que también las estrellas se apagan y que nunca le desearía a otras la oscuridad del rechazo que ella misma vivió.



