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PEDAZOS DE VIDA

Hay dolores que llegan con la muerte, pero hay uno peor: despedirse de quien sigue con vida. A veces resulta más sencillo depositar en una tumba los recuerdos, las vivencias y los instantes que alguna vez nos hicieron felices, que cargar con la vida de alguien que no aprendió a vivir la suya. Es más fácil dejar bajo tierra un cuerpo inerte o arrinconar en el olvido una urna con cenizas, que soportar el peso del ajeno hasta convertirlo en propio. 

No pudo asistir al funeral y él se negó siempre a ir de visita. Con una condena de 45 años por el delito de secuestro, era predecible que no se volvieran a ver. Era evidente que su papá se marcharía para siempre y dejaría el hueco más profundo de su existencia. Un vacío que se abrió hace años ahora se ensanchaba bajo el peso de la culpa, los reproches y la imposibilidad de pedir perdón.  

Mientras un padre esconde su dolor y muestra al mundo la rectitud y la alegría, allá del otro lado, está “La Chiva”. Una hija que decidió marcharse por otro camino. La que lo tuvo todo y creyó nunca perder nada. La consentida, la berrinchuda, la más querida; la misma que tantas alegrías dio a la casa y al mismo tiempo tantos problemas generó. 

El padre se limpia las lágrimas para que no lo vean llorar. Siempre que puede se queda solo en casa. Entonces comienza a escribir, pero no encuentra las palabras correctas ni la forma exacta de construir esa carta. Intuye que será lo último que pueda decirle a su criatura: una mujer de treinta y tantos años que permanece encerrada por haber sido cómplice de un hombre al que entregó todo. 

“No sé si Dios me concedió la razón o me castigó con el tiempo suficiente para escribirlas”. Así comenzó la carta. Después de tantos borradores, la palabra “hija” no tuvo cabida en las primeras líneas. La confrontación no era con el papel, sino con las palabras. No era tiempo para reproches ni para lecciones moralizadoras. Tampoco para reconocer un fracaso como padre ni para repetir lo que los tribunales sentenciaron. En el fondo, conservaba la esperanza de que aquello que no aprendió en la infancia pudiera aprenderlo tras las rejas. 

“Es momento de despedirme, aunque ya lo había hecho la última vez que te vi en la casa. Cuando tu mamá me imploró para vender la casa, tú ya estabas lejos, ya no eras mi hija ni la muchachita que con tanta ilusión una vez me dijo que quería ser veterinaria para curar a los perros de la calle”.

Cada recuerdo duele. Sin embargo, no es tiempo de hacerlo notar. Cuando se es hombre, se sostiene y nada más. No hay espacio para las dudas ni para escribir aquellos momentos que atormentan a un padre de familia que sabe que algún día ya no estará entre los vivos.

“Sin embargo, quiero decirte que me voy en paz. Que, al fin, comprendí que hay un momento en la vida en que uno no es responsable de los otros y que lo único que resta es vivir con decencia, con alegría y con la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos. Jamás comprenderé cómo pudiste permitir que la bestia que tienes por marido hiciera esto con tu propia hija, pero allá tú. Ella estará bien y algún día le rendirás cuentas, dudo mucho que quiera llamarte madre. Con el tiempo comprenderá que la cicatriz que le dejaste no es una huella que da una verdadera madre a su hija”. Continuaba el texto que dudaba en entregar. 

“El día que dejaste la casa sin despedirte. Pensé que era la rebeldía de la juventud. Creí que la vida terminaría enseñándote lo que yo no había sabido explicarte. Después llegó el momento en el que me dijiste que iba a ser abuelo. Después vino la madrugada en que regresaste golpeada. Abrí la puerta y me abrazaste”. 

El corazón, como una vidriera estrellada, parecía perder un pedazo con la sacudida de cada episodio. Y aunque en un momento creyó que su chamaca había comprendido la negativa de que se fuera con aquel hombre, no hubo oídos para escucharlo, todo estaba concentrado en el padre de la criatura a la que después de dos años se llevaron de casa de los abuelos. 

“Dicen que el peor dolor para un padre es enterrar a un hijo. Yo descubrí otro más lento. Ver cómo una hija se va muriendo sin que el cuerpo deje de respirar. No moriste el día en que te encerraron. Ni el día en que saliste de casa. Ni siquiera cuando elegiste al hombre que convirtió tu vida en miedo. Moriste poco a poco con la violencia que nunca existió en casa y que justificaste con la cobardía de culpar a los demás, a tus amigas, a tu familia”. 

De nada sirve llorar, sin embargo, no podía evitarlo. Su madre le dijo que no volvería más, que junto con las cosas que le había llevado, estaba una carta con las palabras de su padre, el mismo que nunca fue a visitarla. Que ahora se quedaría en casa a cuidar de la niña y que ya no habría tiempo para más visitas. 

Cada palabra evocaba los recuerdos. Ahí, en la prisión, no había más. Cargada de emociones, tomó de nuevo las tres hojas y, al llegar al final, pudo comprender el alivio de un padre que sabe que el tiempo se agota. Respiró hondo y, con los ojos hinchados, dobló la carta. La sostuvo entre sus manos hasta quedarse dormida. 

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