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EL PEQUEÑO TIMMY

El mundial de fútbol no ha sido lo que se pretendía que fuera. Para empezar, el ejercicio no le ha salido a la mafiosa y tendenciosa de la FIFA; además, el negocio se le ha escapado de las manos de Estados Unidos, al menos en la primera etapa; y finalmente todo ha quedado rebasado por un pueblo patriótico que se siente orgulloso de escuchar el nombre de México. Gente que sin haber podido entrar a un solo partido en su territorio, le arrebató el balón a la FIFA y lo colocó en el espacio público.

No todo ha sido miel sobre hojuelas, pero nuevamente a la sociedad mexicana le toca vivir lo que algunos llaman disonancia cognitiva, término que se puede definir como un malestar psicológico que aparece cuando nuestras creencias, valores o acciones se contradicen entre sí, lo que nos impulsa a buscar una forma de reducir esa incomodidad.

Mientras la situación en el país no es la adecuada, un evento como es el negocio del balompié (que criticamos por corrupto y ruin), también puede generarnos la emoción de querer gritar gol, de saber que México gana un partido, de festejar y de mostrar al mundo cómo es la fiesta en este país que, a pesar de las desgracias, se mantiene de pie, que a pesar de la polarización brinda imágenes bellas de hermandad y compañerismo.

La pasión desbordada del fucho en el país azteca, ha dejado decenas de postales que ya se perfilan para ser las que trascenderán en el tiempo mientras miles de experiencias se gestan en cada encuentro, no solo en la cancha, porque al final eso fue el pretexto, sino en el espacio común, aquel que un estúpido organismo intentó delimitar, el mismo en el que hemos visto a decenas de personas lanzadas al aire con algarabía para sentirse en un festejo fuera de lo común como es un encuentro deportivo internacional que pocas veces se hace en casa.

Mientras Estados Unidos trató de generar una imagen muy negativa para el turismo en México, los visitantes se encargaron de mostrar al mundo que el mexicano tiene corazón, que sabe hacer fiesta, que sabe vivir un mundial. Los extranjeros se dieron cuenta de que México no es una provincia ni el patio trasero del país que está bajo el yugo de un presidente dormilón, que no es un desierto inmenso con cactus ni hombres recargados con zarapes y sombreros, que no es el país donde reina el narco, aunque este exista.

Ahora, también queda claro que no solo hay descendencia azteca, que la raza en México es un tema complicado de explicar, pero que hay certeza de que el nombre de este país tan colorido se escribe con “X” y no con “J”. Con esta experiencia el territorio de la raza de bronce ha mostrado que hay calidez y hermandad. El grito efímero de “… hermano ya eres mexicano”, ha sellado amistades, relaciones, emociones y sentimientos entre extraños que quizá jamás vuelvan a encontrarse pero que en un momento específico generaron esa dinámica de tener visitas en casa y que dichas visitas se sintieran en casa. Algo que cualquier mexicano promedio entendería.

Allá se quedaron los estadios, unos vacíos, otros llenos de gente que ahorró mucho para poder entrar y adquirir un boleto de los más baratos, personas que se mezclaron con la clase económica pudiente, influencers y fantoches que acudieron “para no quedarse fuera del tema en redes sociales” aquellos que con asistir demostraron estatus y también la forma en que desdeñan al pueblo y a la gente que, en verdad, merecía estar en los partidos, esos aficionados de corazón, de toda la vida y no de los buscadores de likes que necesitan ser validados en los grupos sociales en los que interactúan.

Imágenes a las que se suman, la de los estúpidos que intentaron hacerse “graciosos” burlándose de los extranjeros, las de aquellos que como imbéciles se trepan a monumentos por “un simple festejo” y critican una marcha derivada de un reclamo social. De los tontos que se lastimaron en la fiesta por bronca o por subirse a los techos de las paradas. Los que pusieron en peligro su vida y la de los demás con actos tan tontos como el sacudir una camioneta.

Todo esto genera ese sentimiento, entre el orgullo, la pasión, el desbordamiento de la emoción al borde de las lagrimas por ver como México se convierte en ese país del que se habla bien. El llanto provocado por el impresionante sonido del Himno Nacional cantado por miles de personas, recordando la soberanía, la lucha, la resistencia y el combate que caracteriza al mexicano, en contraposición con los miones de la vía pública, la presencia de madres buscadoras que exigen encontrar a sus hijos, la corrupción de los políticos, el cinismo de la oposición, “una perrita de Trump” y muchas otras realidades que hacen que no dejemos de sentir esta contradicción que se materializa con toneladas de basura que quedan en las calles.

A momentos creo que al final de este mundial, la realidad nos volverá a pegar en la cara y sentiremos esa resaca, quizá entonces entendamos que el reflejo de esas calles sucias también representa una parte de nuestra sociedad. Algo que debemos cambiar y no solo pregonar, al menos para no parecernos a los otros mexicanos, a esos que pagaron los mejores asientos dentro de un estadio no por el gusto del partido sino para demostrar que tienen con qué y que se mezclan muy bien con aquellos que preguntan: ¿Tu playera es original?

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