Ayude a cambiar la órbita de La Tierra

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LAGUNA DE VOCES

Debe ser un río, porque se escucha la caída del agua, el roce con las piedras redondas, la sensación única de que toda la humanidad pudo haber estado en este mismo lugar, pero ya no, y seguramente un buen número ha muerto sin regresar al lugar exacto donde comprendieron que desaparecerían un día cualquiera, y les sería imposible regresar nada más por maldad de hacerle pasar un mal momento al filósofo que predijo lo contrario.

El hecho es que difícilmente recorremos un mismo tramo del espacio infinito en el simple acto de regresar a casa, luego de terminar las obligaciones en la redacción de un periódico, aunque con eso de la modernidad y de que paso a paso la labor de uno se reduce a buscar con ansia y desenfreno los vulgares pesos que permiten continuar esta aventura, eso sí única y maravillosa, de querer ver impreso lo que escribimos, de sorprendernos como si fuera la primera vez de madrugada en la rotativa que daba vueltas y vueltas, pues ya no es lo mismo.

Tal vez la única posibilidad de confirmar que he tomado el camino idéntico a casa, sería marcar con exactitud milimétrica la ruta, pero en una ciudad donde al otro día aparecen baches que no existían, y a veces incluso desaparecen los que sí, resulta una tarea poco menos que imposible, amén de que no faltaría quien decidiera enseñaros respetar a la ciudadanía, a punta de golpes.

Mejor será dejar a las generalidades del camino las coincidencias, y con esta simple acción atentaríamos con el principio científico y filosófico de que nadie puede bañarse en las mismas aguas del mismo río, porque simple y sencillamente es tarea imposible.

En algún momento todos pensamos que si pudiera repetirse cada acto que realizamos un día, seguramente descubriríamos el secreto que mueve el universo, y que, por razones achacables a la incapacidad para poner atención a lo más simple, hemos dejado escapar desde el origen mismo del ser humano. Y no, no me refiero a la hoy tan traída y llevada historia del bucle en que todo se repite, y de tanto repetirse sucede que el protagonista puede aprender idiomas, a ser concertista de piano y otros absurdos que, hasta el más lego en estos menesteres, sabe que no pueden suceder.

Es más simple, porque lo único que pudiera suceder, y eso tal vez, es que, si se da con el camino exacto, exactísimo hasta las centésimas de milésimo, simplemente comprenderíamos que buena parte de nuestras acciones no responden a la espontaneidad con que suponíamos actuábamos de manera constante, sino a una tendencia a no querer perdernos.

Y por eso aparecen personajes malos, o muy malos, en el escenario mundial, y por supuesto, me refiero al sinvergüenza este que primero provoca la guerra, y luego quiere ser homenajeado por detenerla. Nos da miedo cambiar de camino, porque guardamos en el recuerdo primitivo la posibilidad de que hacerlo, desataría la irreversible vocación de nuestro planeta a perderse en el confín del universo.

Es el miedo ancestral al cambio, que no a la transformación, porque de esta última empezamos ya a quedar vacunados, porque ni transforma, ni cambia, sino todo lo contrario.

Amén del chascarrillo en memoria del magnánimo Luis Echeverría, le reto a hacerlo, a que modifique el trayecto a su casa. Y no por miedo a que el asaltante ya lo haya seguido desde hace meses, y dicen los coaches de la seguridad, que nada mejor para evitarlo, que irse por otra ruta. Usted y yo sabemos que al final de cuentas sirve de poco.

Pero sigue el reto: cambie de camino. Ponga atención, aguce el oído y descubra si por ese simple hecho, a La Tierra ya le entraron ganas de irse por otra órbita.

Con suerte mañana por la mañana amanecemos con dos soles en el horizonte, y en la noche tres lunas.

Mil gracias, hasta mañana.

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