Leer filosofía en tiempos de oscuridad

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TIEMPO ESENCIAL 

Un buen amigo me preguntó por dónde empezar a leer filosofía. Le recomendé que lo hiciera atendiendo a su intuición y dejar para después la lectura de textos famosos y densos, a los que no conviene hincarles el diente sin estar preparados.

Eso sí, le sugerí no comenzar por los manuales de lógica, epistemología o ética que se tienen que leer de cajón en la prepa o las carreras profesionales y que, con frecuencia, más que acercarnos, terminan alejándonos de ella.

La filosofía es como la cerveza. Al principio le hacemos gestos, pero después no podemos dejar de saborearla. Pero sobre todo, la filosofía es heróica, y sólo conociendo a sus héroes podemos enamorarnos de ella, pues hemos de recordar que   filosofar consiste en enamorarse de la sabiduría y dedicarle toda la vida.

Por esa razón, no hay mejor edad que la juventud para iniciarse en ella, siendo la edad en que florecen el amor  y la rebeldía. 

Sin embargo, como dijo Epicuro, es cierto que  “Cuando se es joven, no hay que vacilar en filosofar, y cuando se es viejo, no hay que cansarse de filosofar, porque nadie es demasiado joven o demasiado viejo para cuidar su alma, Aquél que dice que la hora de filosofar aún no ha llegado, o que ha pasado ya, se parece al que dijese que no ha llegado aún el momento de ser feliz, o que ya ha pasado” (Epicuro, Carta a Meneceo)

La felicidad, que fue la divisa de la filosofía en la antigüedad, hoy se encuentra perdida bajo el peso de los problemas radicales de la ciencia y la sociedad, a tal grado que resultaría saludable recuperar un poco de aquella antigua savia vital, que hizo de la filosofía el mejor camino para lograr una vida digna de ser vivida. 

Hace falta aligerar el peso de su sofía (saber) a favor de su filos (querer, amar), olvidado hoy por atender los agudos problemas científicos y sociales del presente. 

Para ello, es obligado leer a los gigantes que en el pasado se echaron a cuestas los más grandes problemas de la razón humana. Sin ellos poco puede hacerse sin caer en los mismos errores del pasado. Para llegar a donde llegó,  Kant  reconoció haberse encaramado a hombros de gigantes, refiréndose a quienes le permitieron vislumbrar su camino. Pero no perdamos de vista que cada uno de ellos puso por delante su amor a la verdad  antes que la razón de autoridad, y que fue aquella la que lo sostuvo en su tarea. 

La vocación filosófica es prometeica, como el semidiós griego, quien la sigue, ha tomado como tarea entregar a los seres humanos el fuego divino, sabiendo que su hurto nunca será perdonado. 

Como se ve, el filósofo es un “cuesta arriba”, pero no un “contreras”; no busca dejar a los dioses sin el fuego de su sabiduría, sino dotar con él a la humanidad entera. 

Por todo ello, leamos filosofía. Filosofía de la buena, y no esa pseudofilosofía de supermercado, que nos promete resolver todos nuestros problemas y dudas en cinco minutos. 

Y si de libros se trata, hay que comenzar por leer a los clásicos;  nunca nos arrepentiremos de escogerlos antes que a ninguno, aunque, ingratamente, sean olvidados después en polvorientos estantes. 

Una de las lecturas más recomendadas en todas las generaciones ha sido, sin lugar a duda, La alegoría de la caverna, un pequeño relato  incluido en el Libro VII de La República de Platón. Para quienes no lo han hecho, léanlo, y si ya lo han leído, léanlo nuevamente, seguramente seguirá sorprendiendoles.

En mis años de profe nunca dejé de hacerlo por el interés que despertaba en los más reacios espíritus juveniles. Al escucharlo, los chamacos parecían despertar de su sopor como por arte de magia. 

En tiempos de canallas, como es el de hoy –y como casi todos lo han sido-,  la lectura de los grandes pensadores es una luz que ha ayudado a incontables generaciones a encontrar su camino en medio de la oscuridad. 

“Incluso en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y que esta iluminación puede llegarnos menos de teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y sus obras, bajo casi todas las circunstancias y que se extiende sobre el lapso de tiempo que les fue dado en la tierra” (Hannah Arendt, Hombres y mujeres en tiempos de oscuridad).

Cierto lo que dice Arendt, pero será menos desalentador si nos acercamos con buen ánimo a quienes pueden orientar nuestros pasos en la oscuridad de estos tiempos. No dejemos de buscarlos.

Espero sus comentarios en:   miguelseral@gmail.com

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