El pan y circo de cada día

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Se aproxima la Copa del Mundo, y de algún modo la frase “panem et circenses” (pan y circo) atribuida al poeta Juvenal, empieza a merodear la mente, la conciencia del ciudadano que se pregunta, -ahora que todavía no es poseído por el sueño nunca cumplido de que México sea el ganador- si ese viejo y simple juego de los Emperadores romanos habrá de cumplirse sin modificaciones serias hasta el infinito.

Porque lo que encierra “Pan y circo para el pueblo”, no fue dirigido precisamente contra los hombres del poder, sino al ciudadano común y corriente, que simplemente se hizo a un lado en las decisiones que se tomaban, tal vez porque intuía que con o sin él, los resultados eran los mismos, y prefirió dejar que la vida pasara en el Coliseo donde vitoreaba a los gladiadores, además recibir trigo como parte de los programas asistenciales del imperio.

Antes circo en la arena, hoy estadios, pero el hecho es que la historia del que acudirá a echar porras, que llorará por la enésima derrota del seleccionado cuando el pase a semifinales estaba en la bolsa, no cambiará y cualquier color que sea el que lleve la máxima autoridad en su pecho, la estrategia siempre será efectiva.

Esta fórmula de adormecimiento social no nació ni murió en Roma; simplemente se perfeccionó. En la Antigüedad, imperios como el egipcio o el azteca entendieron que el control de las masas requería de espectáculos colosales y la repartición ritual de recursos. Los gobernantes mexicas, por ejemplo, legitimaban su estatus mediante el juego de pelota y masivas festividades religiosas donde se distribuía alimento entre los asistentes. La espectacularidad del ritual mantenía al pueblo cohesionado bajo una narrativa sagrada, desviando la atención de las severas cargas tributarias y las estrictas jerarquías militares.

Al avanzar los siglos, las monarquías absolutistas de la Europa moderna sustituyeron la arena por fastuosas cortes y óperas. El rey Luis XIV de Francia, el «Rey Sol», convirtió el Palacio de Versalles en un circo de etiqueta y entretenimiento para la nobleza y el pueblo parisino. Al mantener a la aristocracia ocupada en banquetes, bailes y dramas teatrales, neutralizó cualquier intento de rebelión política, demostrando que el «circo» también podía ser de alta alcurnia si el fin era la inmovilidad ciudadana.

En los tiempos actuales, la estrategia ha alcanzado un nivel de omnipresencia casi invisible gracias a la tecnología y los medios masivos de comunicación. El «pan» contemporáneo ya no se entrega únicamente en sacos de trigo, sino a través de subsidios directos, programas sociales clientelares o bonos económicos estratégicos implementados en vísperas de elecciones clave. Estos mecanismos, aunque alivian necesidades reales en el corto plazo, suelen utilizarse para perpetuar la dependencia del ciudadano hacia el gobernante en turno, asegurando una base electoral sumisa y agradecida.

Por su parte, el «circo» ha mutado en una industria del entretenimiento digital de escala global. Los estadios de fútbol modernos, las copas mundiales y las olimpiadas operan como los nuevos coliseos, donde el nacionalismo deportivo sirve de válvula de escape para las frustraciones económicas y políticas de una nación. Mientras la atención pública se concentra en el próximo fichaje millonario, en el gol anulado o en el concierto masivo gratuito organizado por el gobierno de turno en la plaza principal, las reformas fiscales severas, los casos de corrupción y el deterioro de los servicios de salud pública pasan a un cómodo segundo plano.

Hoy en día, las redes sociales (como TikTok, Instagram o los servicios de streaming) actúan como un circo de bolsillo personalizado por algoritmos. Cada ciudadano lleva en sus manos un suministro infinito de dopamina visual que fragmenta la atención e inhibe el pensamiento crítico. 

El poder actual ya no necesita construir monumentales recintos de piedra para distraer a las masas; le basta con inundar las pantallas de narrativas polarizantes, polémicas superficiales de celebridades y tendencias efímeras. Así, el ciudadano moderno, abrumado por el ruido mediático y el entretenimiento instantáneo, asiste gustoso a su propia desconexión política, confirmando que la milenaria estrategia romana sigue tan viva, efectiva y destructiva como en los días del Imperio.

Mil gracias, hasta mañana.

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