El espejismo de la invasión gringa

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RETRATOS HABLADOS

Más allá de una situación cada vez más compleja en la política interior de México, y a una oposición que ha decidido aplicar una táctica que cae en la radicalización, que justamente fue utilizada en su contra para echarla del poder por Morena, poco se ha reflexionado en torno a los motivos reales que llevan a la administración del presidente estadunidense, Donald Trump, para aparentar una cruzada por la salvación de México del narcotráfico. De ninguna manera es el argumento que esgrime de impedir la muerte de sus compatriotas por el fentanilo, aunque de paso lo empieza a lograr.

Si nos atenemos a la historia de las intervenciones abiertas o encubiertas de los Estados Unidos en territorio nacional, siempre han tenido como trasfondo, la búsqueda de caminos que les permita apoderarse de recursos naturales, abundantes, en México.

No hay pues un motivo inocente, y nunca lo habrá, pero si a eso agregamos la existencia real de políticos nacionales fuertemente ligados al crimen organizado, y una oposición que busca venganza con los mismos elementos con que fue echada del poder, pareciera que el escenario está a modo, no para una invasión, pero sí para que puedan negociar lo que quieran, a su antojo y con más ganancias de las que hubieran previsto.

Este complejo panorama encuentra sus raíces en una herencia histórica de intervencionismo pragmático. Desde el siglo XIX, la política exterior de Washington hacia el sur no ha sido una cuestión de filantropía, sino de una expansión calculada que utiliza el caos institucional ajeno como palanca de negociación. La narrativa del combate a la delincuencia es solo el capítulo más reciente de una larga serie de doctrinas diseñadas para salvaguardar intereses comerciales bajo el manto de la seguridad regional. Un imperio, por definición biológica y política, no puede actuar de otra forma; su supervivencia depende de la extracción de plusvalía y el control de mercados estratégicos, y para ello, la inestabilidad controlada en sus fronteras suele ser más rentable que la paz absoluta.

Recordemos la década de los ochenta, cuando el caso de Enrique «Kiki» Camarena permitió a Estados Unidos imponer condiciones sin precedentes sobre la soberanía mexicana. Bajo la bandera de la justicia y la erradicación del narcotráfico, se establecieron mecanismos de certificación que obligaban a México a abrir sectores estratégicos y alinear su política económica a los dictados del Consenso de Washington. Los beneficios económicos fueron tangibles: mientras se señalaba a funcionarios mexicanos, las agencias estadounidenses obtenían presupuestos multimillonarios y, más importante aún, garantizaban que los recursos energéticos y minerales de México permanecieran en una órbita de influencia favorable a las corporaciones del norte. El «combate al crimen» se convirtió en la llave maestra para forzar reformas estructurales que, en última instancia, facilitaron el flujo de capitales extranjeros hacia los recursos naturales que el texto original menciona.

Sin embargo, a pesar de la retórica incendiaria de figuras como Donald Trump, la posibilidad de una invasión militar abierta es un espejismo para consumo electoral. Un imperio inteligente no destruye su propia despensa. La integración económica alcanzada a través de décadas de tratados comerciales ha creado una interdependencia tal que una agresión bélica convencional contra México equivaldría a un sabotaje interno para la economía estadounidense. Las cadenas de suministro, la industria automotriz, el sector agroalimentario y el sistema financiero de ambos países están tan intrincadamente ligados que el estruendo de los cañones provocaría un colapso inmediato en Wall Street.

La estrategia imperial prefiere, por lo tanto, la guerra de baja intensidad y la erosión institucional. Es mucho más lucrativo mantener a México en un estado de vulnerabilidad perpetua, donde la amenaza de la intervención —y no la intervención misma— funcione como el garrote necesario para negociar concesiones sobre el litio, el petróleo o el agua. 

En este juego de espejos, el narcotráfico no es el enemigo a vencer, sino el pretexto perfecto para mantener la bota sobre la puerta de la soberanía nacional, asegurando que los términos del intercambio siempre favorezcan al gigante que, por naturaleza, no sabe compartir, sino dominar mediante la dependencia ajena. 

Al final, la paz en México es un mal negocio para quienes lucran con el control de sus recursos, y una invasión física es un riesgo innecesario cuando se tiene el control de la economía a través del miedo y la presión diplomática.

Mil gracias, hasta mañana.

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