LAGUNA DE VOCES
Se entiende, que por esos asuntos del tiempo, llegue el momento en que uno deba ceder el paso a las nuevas generaciones, aunque la verdad a mí nadie tuvo a bien avisarme que era mi turno, porque en términos reales estaba seguro que me dedicaría a otros asuntos, no más importantes ni mucho menos, pero sí más ligados a los sueños que se tienen de joven, que son tantos y no pocas veces disparatados, que acabamos en varias autopistas al mismo tiempo, sin saber a ciencia cierta para dónde tomaremos camino.
Es decir que, difícilmente, a estas alturas, alcanzaría el tiempo y voluntad, para hacer, ahora sí, todo eso que anhelamos en años juveniles. No es así, es una falacia y una trampa que a veces decidimos colocarnos, o nos colocan, para no enchinchar más tiempo del que algunos expertos recomiendan, porque ya hay expertos para todo, y aseguran que permitirá una transición de terciopelo.
Pero no es así. Lo que menos desea uno es retirarse a hacer quién sabe qué cosas, y menos enfrentarse al reto del “ahora sí” dar vida a eso que habíamos guardado, y que no era otra cosa sino un sobre con hojas en blanco, sin una sola línea escrita, sin ninguna historia, como no fuera la esperanza de que, en una de esas, al abrirlo, nos topáramos con la obra maestra de todos los tiempos.
En términos generales, la vida ofrece pocas opciones, y no se cansa de gastarnos, de hacer cada vez menos aguda la visión, torpe el caminar, y de repente nos despierta del sillón en que nos quedamos dormidos para ver una película o una serie (lo que antes nunca sucedía), con un nuevo dolor en la rodilla izquierda, en la pierna que asociamos con eso que los viejos llaman ciática o algo por el estilo.
El asunto es que no pasa día sin que confirmemos que vamos con velocidad vertiginosa en la mentada resbaladilla, que en los años mozos nos costó tanto subir, incluso hasta la desesperación, y ya en la parte más alta, comprobar que apenas es un suspiro cuando es posible hasta volar si uno probara a hacerlo.
Pero luego la necesaria bajada, la vertiginosa forma de caer en camino de alta velocidad sin posibilidad alguna de hacer pausas, con todo y que le ponemos el pie a los lados de la resbaladilla. Y justo en ese instante, es cuando uno se entera que bien podría bajarse y dedicarse a todo eso que tanto le gustaba.
Más por miedo a salir disparado directo al otro mundo, algunos dicen que sí, y al poco tiempo comprueban que mejor hubiera sido quedarse, para empezar a marcharse como Dios manda. Es decir, con sueños todavía reales de que el sobre con más de 500 hojas en blanco un día aparecería con esa historia que nunca nos cansamos de contar, y siempre dejamos para el otro día; porque si algo permite el ejercicio periodístico, es aplazar ya no la obra destino de nuestra existencia, sino la llegada de esa mujer de huesos blancos y guadaña al hombro. Uno supone que, si ya hizo lo que debía hacer, no existirá poder en la Tierra que convenza a la encargada del traslado, de que mejor otro día, otro año, o ahí cuando pueda.
Sin embargo, la cruda realidad es que se defiende con uñas y dientes el lugar que el destino nos asignó para leer cuanto libro se cruce en el camino, caminar alrededor del jardín con aire de filósofo de la escuela peripatética, aunque tal vez la imagen que demos, sea simplemente patética. Yo creo que esa es la razón de hacer de la oficina, cuando se cuenta con ella, un segundo hogar, porque sabemos que sin esas tardes en que después de concluir las tareas de escribir textos como el que me ocupa, acabaríamos perdidos en cualquier otra parte, o arrumbados, o simplemente resignados a quién sabe qué cosa.
Como dicen en el pueblo, “dirán misa”, pero todos tenemos un lugar en el universo que ocupamos, que nos construimos con base en los anhelos y los sueños, y resultaría lamentable, terriblemente lamentable decir un día que, “ahí muere, porque ya me voy”. Nada como la despedida plena de los personajes que inventamos en nuestra mente, que cuando dicen adiós, es para siempre, porque nos espera un nuevo lugar, más luminoso y eterno en otra parte. De otra forma no, simplemente no.
Mil gracias, hasta mañana.




