PEDAZOS DE VIDA
Hay semillas que permanecen bajo tierra por mucho tiempo, tanto que se quedan olvidadas; sin embargo, llega el momento en el que de ellas brota una raíz y un cotiledón para comenzar su nueva vida como plantas, aunque esto no asegura que vaya a completar su ciclo…
Dicen que hay mujeres que nacen con un jardín que se refleja en sus ojos, a ella le tocó nacer con tierra seca, no hubo oportunidad para algo más. No fue deseada y su madre nunca la miró como su hija, para ella sólo fue un estorbo y un compromiso al que se veía obligada a mantener ya que, en el fondo, quizá muy en sus adentros, sabía que la había condenado a un infierno. No veía a una hija sino a un espejo roto.
En el lugar donde creció las paredes sudaban y siluetas de hombres entraban con frecuencia, tuvo que aprender a no hacer ruido, a dormirse abrazada a su almohada porque molestar a su madre no era opción, apenas el hombre se le iba, ella la golpeaba y después lloraba al verla lastimada. El amor eran monedas, el cuerpo era trabajo y las emociones se podían fingir, en breve aprendió eso.
Creer, fue su único error, y lo cometió a los quince años. El hombre aquél, le habló como no se hablaba en casa. Lo vio con cariño, él prometió un lugar donde las ventanas se abrieran, donde el aire no olía a sudor, le dijo que no tendría que pasar frío y dormir afuera mientras su madre “trabajaba” dentro de la casa.
Le dio el nombre de Olivia para que dejaran de llamarla escuincla o chamaca, y después cuando supo que habría problemas, la abandonó a su suerte. Ella supo, por el dolor, por la ausencia de sangre y el endurecimiento del vientre que estaba embarazada, fue a decirle a su madre y hasta ese momento se enteró que ya no estaba, que había sido asesinada por un hombre drogado que le asestó en un mal viaje trece puñaladas. El cuerpo ya estaba en la fosa común. No había nada más que hacer.
El mundo se le vino encima, caminó por toda la ciudad, por cinco días. Durmió en la calle. No tenía dinero y no quería encontrarse con el rostro de su madre al mirar un espejo tras un encuentro como los que atestiguaba cuando era niña. Al sexto día, una anciana se apiadó de ella, la llevó consigo a la vecindad en la que vivía y les dijo a los vecinos que era su sobrina.
Pronto la esperanza acudió a su encuentro, la anciana estaba sola y Olivia tenía un hogar. Así se acompañaron, como lo hace una familia. Al nacer Emanuel, todo cambió, la luz entró al hogar. Aunque implicaría más trabajo, la felicidad de poder cuidar de su bebé la llenaba de ganas para seguir adelante, además con la presencia de Inés todo era mejor, siempre había comida y se las arreglaban para salir adelante.
Fueron tres días en los que en la casa se escuchó el llanto de Emanuel, los vecinos le regalaron pañales y dos botes de leche, ayudaron con lo que podían. A las lágrimas se contraponía el silencio de un bebé que duerme cuando no tiene hambre, cuando no tiene frío, cuando no está sucio…
Al cuarto día, Emanuel amaneció frío, sin movimiento, inerte. No había nada más que hacer, la tragedia se convirtió en chisme que como pólvora fue más allá de la vecindad. La parálisis provocada por el miedo, llevó a Olivia a ese cuarto de humedad, al lugar dónde sus pensamientos se morían para convertirse en un largo silencio que la guiaba al sueño.
Inés le dijo que Dios así lo había querido, que quizá no era el momento para que ese angelito se quedara con ellas, la abrazó como nunca antes nadie la había abrazado. En su regazo lloró por el bebé, y por dentro, nuevamente el miedo invocaba al asco de tan solo pensar que su destino podría ser paralelo al de su madre…




