RETRATOS HABLADOS
Los pensadores clásicos, y los no tanto, de la política, manejaron de manera constante, que la lealtad partidista era un factor fundamental en la carrera de todo político. Al paso del tiempo el precepto cambió a una lealtad inquebrantable a su propia ética, bajo el argumento de que fallarse a uno mismo, es un equivalente a la pérdida absoluta del sentido no solo en el quehacer político, sino en la vida misma.
Hoy mismo, en la “vida nueva” por la que nos ha tocado caminar, muchos insisten que las lealtades responden al tan manoseado precepto de Ortega y Gasset, del “yo soy yo y mis circunstancias”, que visto bajo esa óptica puede traducirse, en términos populares al, “yo soy yo, y mis conveniencias”.
La lealtad política es una de las divisas más costosas y, paradójicamente, más devaluadas en el mercado del poder. No se trata simplemente de un pacto de caballeros, sino de la columna vertebral que sostiene la estructura de cualquier Estado o movimiento social. Sin ella, la política se convierte en un juego de espejos donde la traición es el único lenguaje compartido y la confianza se vuelve un lujo prohibitivo. En la historia de México y el mundo, la lealtad ha sido tanto un escudo como una espada, definida muchas veces con un cinismo que raya en la genialidad.
Por ejemplo, en la cultura política mexicana, la lealtad suele tener un matiz de supervivencia pragmática. Se dice con frecuencia que «en política, los amigos son de mentira y los enemigos son de verdad», una frase que encapsula la fragilidad de los lazos cuando el presupuesto o el cargo están de por medio. Álvaro Obregón, con su agudo sentido del humor negro, solía decir que «nadie aguanta un cañonazo de cincuenta mil pesos», sugiriendo que la lealtad tiene un precio exacto y que el idealismo suele rendirse ante la aritmética. Esta visión descarnada muestra que, para muchos, la fidelidad no es una virtud moral, sino una estrategia de conveniencia temporal.
En el ámbito internacional, Winston Churchill, conocido por sus constantes cambios de partido, ofrecía una perspectiva distinta y bastante ácida: «Hay quienes cambian de partido por el bien de sus principios, y quienes cambian de principios por el bien de su partido». Churchill entendía que la lealtad ciega a una sigla puede ser una forma de ceguera intelectual. Por otro lado, la política estadounidense nos dejó joyas como la de Harry S. Truman, quien afirmaba con sequedad: «Si quieres un amigo en Washington, cómprate un perro». Esta sentencia resume la soledad del líder que sabe que la lealtad de sus subordinados suele durar lo que dura su cuota de poder.
Sin embargo, más allá de la anécdota y el chiste cínico, la filosofía política clásica otorga a la lealtad una importancia trascendental. Para Aristóteles, la política era la extensión de la ética, y la philia (amistad o lealtad cívica) era el pegamento de la polis. Sin un grado mínimo de lealtad mutua entre ciudadanos y gobernantes, la sociedad colapsa en la anomia. Maquiavelo, a pesar de su fama de calculador, advertía en El Príncipe que la lealtad ganada a través del temor es volátil, mientras que la lealtad cimentada en la virtud y el beneficio común es la única que protege al gobernante en tiempos de adversidad.
Para el florentino, la traición no era solo una falta moral, sino un error táctico que terminaba por devorar al traidor.
En una nota más moderna, pensadores como Hannah Arendt sugerían que la lealtad es la base de la «promesa», ese acto político fundamental que permite a los seres humanos actuar en concierto a pesar de la incertidumbre del futuro. Mantener la palabra dada en la esfera pública no es un acto romántico, es un acto de construcción de realidad. Cuando un político es leal a sus principios o a su pueblo, está permitiendo que la política sea algo más que una gestión de intereses personales; la está convirtiendo en un proyecto histórico. La lealtad, por tanto, funciona como un reductor de complejidad: permite que los aliados colaboren sin la necesidad de vigilarse constantemente las espaldas, optimizando los recursos hacia el bien común.
Finalmente, debemos entender que la lealtad política no debe confundirse con el servilismo. La lealtad verdadera, como bien señalaban los estoicos, es con la justicia y la verdad. Ser «leal» a un líder que corrompe las instituciones es, en realidad, una traición a la patria. Por ello, la importancia de la lealtad radica en su capacidad de dar consistencia al tiempo político.
Un sistema donde la lealtad es inexistente es un sistema en estado de guerra civil permanente. La política seria requiere de hombres y mujeres que entiendan que su palabra es su único patrimonio real en la historia. Como decía el dicho popular mexicano sobre la congruencia, «el que sirve a dos amos, con uno queda mal y con el otro también», recordándonos que la ambigüedad es el refugio de los mediocres, mientras que la lealtad es el distintivo de los hombres de Estado.




