PEDAZOS DE VIDA
Dicen que hay hombres que nacen con el viento en los pies, aunque pocas veces se hurga sobre la procedencia de ese viento que los lleva a buscar “algo” sin que se tenga certeza de lo que se quiere o anhela, sin embargo, respiran la libertad y con el tiempo también la esperanza de no regresar jamás al destino que los hizo volar.
Sus padres murieron cuando tenía seis años, a los diez comenzó a valerse por sí mismo, quizá no de la mejor forma, pero la calle tiene sus métodos infalibles de enseñanza para aquellos que aprenden su juego.
Por su apariencia, siempre lo llamaron “El Loco”, un huérfano soñador que sabría Dios del lugar del que había salido. Un loco imprudente que se escapó de la ciudad para comenzar sus andanzas, un niño inteligente pero imprudente, aunque con su mirada desarmaba cualquier juicio: una mezcla de inocencia y certeza, como si el mundo, en el fondo, no pudiera hacerle daño.
Comenzó su caminar solo, con la ropa que tenía puesta, a través de mentiras pedía dinero para su madre afuera de los hospitales, así obtenía monedas y algunas otras veces hasta ropa, gracias a la compasión de la gente. Aprendió el truco de llevar una flor en su mano, para hacerle creer a la gente que se la llevaría a su madre, una señora que postrada en una cama de hospital esperaba la llegada de sus otros dos hijos, los cuales trabajaban duro para pagar los gastos.
Con el tiempo y conforme creció, esa historia funcionaba menos, cuando niño bastaba con llorar un poco para borrar los atisbos de mentiras que podrían surgir con la gente, así que comenzó a pedir trabajos y aprender de casi cualquier cosa, así comenzó a cargar con una mochila negra: tallaba madera, moldeaba barro, tejía atrapasueños entre varas de enredaderas que funcionaban como aros, engarzaba palabras con desconocidos en cantinas donde siempre había una historia y, a veces, una pelea.
Siempre salió ileso de las broncas, no porque fuera fuerte, sino porque algo en él evitaba el conflicto, una intuición poderosa que lo hacía irse de cualquier lugar dónde más tarde había un robo, una balacera, un macheteado, un asalto, o una tragedia como cuando el cerro se vino abajo y sepultó a todo el pueblo en el que había permanecido por tres semanas.
A veces, sonreía, conciliaba, o simplemente desaparecía antes de que el golpe cayera. Parecía que el destino estaba a su favor. Una noche, en un tugurio polvoriento al borde de la carretera, bebió con un grupo de hombres que hablaban demasiado alto. Sintió un presentimiento y decidió marcharse. Horas después, una balacera arrasó el lugar. Cuando se enteró, no sintió miedo… solo esa extraña confirmación de que el mundo, por alguna razón, lo dejaba seguir caminando.
Y así siguió. Carretera tras carretera. Aventón tras aventón. Trabajo tras trabajo. Pero incluso el viajero más libre puede equivocarse de camino. El Loco, como ahora se presentaba, llegó a un pueblo detenido en el tiempo, de aquellos donde las miradas pesan y las tradiciones mandan por encima de la ley. Allí conoció a una joven de ojos inquietos, demasiado joven quizás para la historia que ambos estaban a punto de escribir. Lo que para él fue un instante, una noche, un impulso, un error envuelto en ternura, para el pueblo fue una ofensa.
No hubo juicio, solo sentencia. Dormir con una joven de diecisiete años no era el crimen, sino el hecho de no haber realizado el protocolo correspondiente para casarse primero con ella, en ese pueblo “se pueden cortar las flores, siempre y cuando sean de uno”, le habían dicho los machos del pueblo, “y se pueden tener tantas como alcance tu trabajo para mantenerlas”.
Lo encontraron antes de que pudiera huir. Lo golpearon con la furia de bestias que protegen el pueblo. Y lo obligaron a quedarse. Casarse fue apenas el inicio de meses dentro de una cárcel sin barrotes, un lugar del que intentó escapar hasta que aprendió que los golpes otorgados algún día lo podrían dejar sin vida a la orilla del camino.
Luego vino la noticia del embarazo, y con esta el final del camino que se vislumbraba en el aire del escape, en la libertad perdida, el punto final de un precipicio que te obliga a permanecer en la cima de la montaña antes que arrojarte para estrellar tu cráneo en las rocas de su falda.
El hombre que antes caminaba al filo de los acantilados sin miedo, ahora medía cada paso dentro de un campo que no había elegido. La mochila quedó olvidada en un rincón. Flores blancas crecían en el campo mientras su mundo se redujo a un trabajo, una casa y al inicio un silencio sepulcral.
Dicen que el destino siempre lo había protegido. Pero tal vez no era protección, había sido una trampa perfecta para que tomara ese camino, para que tuviera como adulto lo que de niño se le negó. No pudo hacer otra cosa luego de mirarse en los ojos de un bebé que más tarde lo llamaría “papá”.
Pero por todos es bien sabido que El Loco no cae cuando el mundo lo empuja, cae cuando deja de caminar. El viento seguía pasando por el pueblo, levantando polvo en los caminos, pero ya no empujaba sus pies convertidos en raíces, unas que realmente no había querido echar.




