Un adulto responsable
“Por donde vayas, iré, con una venda en los ojos. Lo que
me pidas haré, el amor cuando es verdad, es uno solo”
Mi Credo – K-Paz de la Sierra
Jueves Santo. Había bastante gente en la explanada de la parroquia de San Francisco. Después de un preámbulo en que el sacerdote salió sonriendo, saludó a la gente y dio a conocer los pormenores del triduo pascual, los presentes nos dispusimos a escuchar las lecturas del día. Todo bien con la primera lectura; cuando de pronto, para el salmo, Pablito se levantó de su asiento, se acercó al ambón y dirigió el estribillo cantadito al pueblo: “Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava”.
Sin embargo, al momento de continuar con el texto, a Pablito se le fue la voz. El coro se detuvo, una de las religiosas le rogaba a grito pelado: “lee, lee, lee”, pero Pablito simplemente no pudo continuar, la Madre entonces subió al altar y culminó con la encomienda con ayuda de los músicos. El pobre estudiante debió bajar del lugar y, entre lágrimas, se sentó.
El evento pudo quedar en el olvido, pero el Padre no lo permitió, durante su homilía destacó el trabajo del niño: “A mí hoy me encantó el detalle de Pablito, ¡se puso nervioso! ¡Qué bonito, hijo! Te felicito, porque no estás acostumbrado y es algo muy lindo, que sientas lo emocionante. ¡Le vas a prestar tu voz a Dios! A veces leemos las lecturas como máquinas, sin sentirlas”, resaltó.
Y continuó: “Lo mismo nos puede pasar a los sacerdotes y hacer de la Eucaristía una rutina, por eso me gusta ver la ilusión en los ojos de los sacerdotes recién ordenados. O los niños que reciben su primera comunión, porque saben reconocer lo rico que es el pan de Dios. Pero los Padres perdemos el sentido de ello, de lo que hay entre nosotros”.
“Y cómo no voy a llorar, si Jesús se acerca a la parte más sucia de mi alma para limpiarla (aquí haciendo referencia al lavatorio de pies), para limpiar mi tibieza, mi mediocridad, mi falta de entrega y de amor en mi sacerdocio”, culminó con la voz entrecortada.
Y sí, puede que no seas muy creyente, pero cuando alguien te habla desde el fondo de su corazón, cuando alguien se toma el tiempo de explicarte lo emocionante que es dedicar su vida a algo más grande que la misma persona, no puede evitar uno emocionarse, inspirarse y tener esa cosquilla de preguntar: “¿Cuándo habrá sido la última vez que me emocioné así por algo?”.
Y continuar con otras preguntas importantes: “¿Lo que estoy haciendo me llena el corazón? ¿Estoy viviendo mi verdadera vocación? ¿O solo estoy esperando una quincena? Contando los días para tomar vacaciones y olvidarme un ratito de este trabajo que no deseo pero, ya ni modo, porque como diría Cristina Pacheco: ‘aquí nos tocó vivir’”.
Es triste vivir solo para sobrevivir, pero más triste es darnos cuenta que ni siquiera nos dimos cuenta de que así fue, que creamos que nuestras pasiones son una pérdida de tiempo y que la estabilidad es la respuesta a una pregunta que nadie nos ha planteado.
En un mundo lleno de amor líquido, relaciones efímeras y cosas sin sentido, yo prefiero ser como Pablito y sentir, sentir lo suficiente, sentir y ofrecer mi vida por algo más grande que yo, por algo que trascienda, por algo que ayude a los demás. Aunque, como fue en el caso de Pablito, a veces, no sea suficiente.
Nota: ¡Saludos a Pablito! No fue necesario cambiar su nombre, porque no dije el lugar. ¡Hasta la próxima semana!




