DES-prográmate y Ámate
Hoy, en el marco del Día Mundial de la Salud, vale la pena detenernos en una palabra que usamos todo el tiempo, pero que pocas veces entendemos de verdad.
Porque cuando hablamos de salud, pensamos en comer bien, hacer ejercicio, dormir ocho horas, tomar agua. Y sí, todo eso importa. Pero hay una pregunta que casi nadie se hace: ¿Qué pasa cuando haces todo bien… y aun así te sientes mal?
Ansiedad, insomnio, vacío. Entonces aparece la duda: ¿Estoy fallando? ¡No!
Aquí es donde necesitamos cambiar la conversación. La salud no es la ausencia de síntomas, es la capacidad del sistema para adaptarse, autorregularse y recuperar equilibrio, incluso después de haber sido alterado. Es decir, puedes tener síntomas y aun así estar en un proceso de salud.
Y esto lo cambia todo, porque la ansiedad deja de ser un enemigo y empieza a verse como una señal. La tristeza deja de ser debilidad y se vuelve información. Tu cuerpo no está fallando, está intentando resolver algo con las herramientas que aprendió.
El problema es que vivimos queriendo quitarnos lo que sentimos lo más rápido posible. Queremos dejar de sentir, dejar de pensar, dejar de reaccionar… pero rara vez nos preguntamos: ¿Para qué está pasando esto? Porque muchas de las cosas que hoy te incomodan, en algún momento tuvieron sentido.
Tu sistema nervioso se adaptó para protegerte, y aunque hoy ya no sea necesario, sigue operando desde ahí. Por eso entender no es suficiente, puedes saber de dónde viene todo… y aun así seguir reaccionando igual. Porque entender no es sanar.
El sistema nervioso no funciona con lógica, funciona con seguridad. No es que no quieras estar bien, es que tu cuerpo no está en un estado donde pueda hacerlo. Y entonces empezamos a ver algo incómodo: puedes ir al gimnasio, tomar agua, ir a terapia… y aun así sostener relaciones que te drenan, no poner límites o vivir en alerta constante.
Ahí es donde la salud deja de ser visible, porque no todo es disciplina. Muchas cosas son historia.
No descansas porque tu sistema aprendió a no bajar la guardia. No paras porque tu valor se construyó desde lo que haces. No pones límites porque alguna vez hacerlo implicó perder algo importante.
Y aquí entra algo clave: los vínculos. El sistema nervioso no se regula solo, se regula en relación. No es lo mismo estar en un entorno que te calma, que en uno que te mantiene en tensión constante, y eso también es salud. Por eso, la funcionalidad no siempre significa bienestar, a veces es solo supervivencia bien disfrazada.
Y en medio de todo esto, aparece la presión: “ya deberías estar mejor”, “ya deberías haberlo superado”. Pero no todo florece al mismo tiempo, respetar tu ritmo también es salud.
La buena noticia es que el sistema nervioso es plástico. Puede cambiar, puede aprender, puede reorganizarse. Así como aprendiste a vivir en alerta, también puedes aprender a sentirte a salvo. Pero no sucede solo pensando distinto. Sucede viviendo experiencias distintas.
No se trata de borrar lo que pasó… se trata de dejar de vivir como si siguiera pasando. Y entonces, quizá la pregunta ya no es si estás haciendo todo “correcto”, quizá la verdadera pregunta es: ¿Tu forma de vivir te está regulando… o te está desgastando?




