El uso de filósofos como “hashtags”

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RETRATOS HABLADOS

A menudo utilizamos a los filósofos como «hashtags» intelectuales, etiquetas de conveniencia que nos otorgan un barniz de profundidad sin obligarnos a la fatiga de la lectura. El caso de José Ortega y Gasset es, quizás, el más sangrante. Su sentencia «Yo soy yo y mi circunstancia» se ha convertido en un lugar común, un mantra de autoayuda mal entendida que se cita casi siempre de forma mutilada. Se omite deliberadamente la segunda parte, la que verdaderamente dota de responsabilidad ética al individuo: «y si no la salvo a ella, no me salvo yo». 

Esta omisión no es casual; es el síntoma de una época que prefiere el solipsismo al compromiso con la realidad. En el México de hoy, fracturado por una polarización que se cultiva como estrategia de poder, y en un mundo que observa con estupor la política convertida en un espectáculo de telerrealidad, la advertencia de Ortega cobra una vigencia aterradora. 

Observamos a figuras como Donald Trump, quien parece habitar la fantasía de una película de acción de presupuesto infinito, transmitiendo conflictos bélicos en vivo como si se tratara de una partida en una consola de juegos. Detrás de esa pantalla hay muertos, hay dolor y un desequilibrio global que espejea la inestabilidad de una mente que no distingue entre el ego y el Estado. 

Mientras tanto, en el ámbito doméstico, asistimos al fenómeno que Ortega describió con precisión quirúrgica: el ascenso del hombre-masa y el triunfo del «señorito satisfecho». Este personaje, que no se exige nada, pero lo reclama todo, ha encontrado en las redes sociales el megáfono perfecto para su vacuidad. 

El odio se ha vuelto un negocio rentable porque el algoritmo, ese nuevo arquitecto de la conciencia, sabe que la indignación genera más clics que la reflexión. Es aquí donde el concepto de «pueblo» es secuestrado por el gobernante populista. 

En México, esa abstracción llamada «pueblo» carece de rostro y de individualidad; es una masa amorfa que se utiliza para invalidar cualquier crítica técnica o intelectual. El gobernante se escuda en esta entidad invisible para rechazar la guía de los capacitados, sustituyendo la razón por el grito y la verdad por el fanatismo. 

La masa no escucha, solo atropella. Es el arribo al poder de una colectividad que desprecia la excelencia y que, bajo el disfraz de la democracia, impone una tiranía de la vulgaridad. Ortega nos advertía que la salvación personal es inseparable de la salvación de nuestro entorno. No podemos pretender estar a salvo en nuestras burbujas privadas si la circunstancia pública se incendia. 

Pero salvar la circunstancia no se logra mediante el frío racionalismo de los datos estadísticos, que a menudo ignoran el latido humano, ni mediante un vitalismo de puros instintos primarios que nos devuelve a la barbarie. 

La salida es la razón vital: entender que nuestra vida es una tarea política y estética. Hoy, el hombre-masa es construido por algoritmos que refuerzan sus sesgos, aislándolo de la perspectiva ajena y convirtiéndolo en un engranaje de la polarización. 

Si no rescatamos la capacidad de mirar más allá del «hashtag», si no entendemos que nuestra salvación depende de salvar la cordura del vecino y la institucionalidad del país, terminaremos siendo devorados por esa misma circunstancia que hoy decidimos ignorar o utilizar como arma arrojadiza. La verdad ha sido sustituida por el eco de nuestra propia voz, y en ese aislamiento, la humanidad corre el riesgo de perderse en el ruido de su propio grito.

Mil gracias, hasta mañana.

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