LAGUNA DE VOCES
Había mirado el único y definitivo solar donde crecían árboles de naranja, manzana, pera y capulines. El abuelo dejó a su hijo una casa grande, de paredones gruesos como el frío que azotaba el pueblo la mayor parte del año. Era un lugar hermoso, con dos o tres cuartos de techos altísimos y un tapanco donde guardaban libros en que podían ser encontrados todo tipo de remedios, pero principalmente hojas del tamaño donde se hacían listados de contabilidad, que, en letra cursiva cuidadosamente delineada, escribieron testimonios de un tiempo en que toda realidad debía atenerse a lo que dijera la imaginación.
El solar era un espacio que lograba reunir un principio básico en la vida de toda persona: el pasado, el presente y el futuro. Abuelo Ezequiel, papá Martín, recibieron de esas tardes de sol, luego de trabajar casi toda la madrugada en las tierras de cultivo que estaban atrás de la iglesia de Padre Jesús, un don especial para encontrarle un sentido especial a la vida, a partir de ver crecer la calabaza que recorría con manos finas todo el sembradío. Los jitomates rojos, y en un lugar especial, epazote de un olor profundo, digno de los frijoles flor de mayo, que en manos de mamá podían convertirse en el guiso especial de los recuerdos.
Ahora sé que podían surtir la necesidad diaria de legumbres, con tan solo salir y tomar algo de aquí, de allá, valorar cada cultivo poniéndolo en el cuenco de la mano, mirarlo a conciencia y llevarlo directo a la cocina, donde el humo de la leña o el olote, transformaba el ambiente justamente en una tierra de siluetas luminosas, absolutamente mágicas.
Algo definía la voluntad de vivir de una manera sencilla, sin complicaciones, y estaba fincado en una vocación real por apreciar el viaje maravilloso, que empieza cuando apareces un día en este planeta, y disfrutar con profunda honradez cada rincón de un solar que producía todo tipo de verduras y legumbres; y sus árboles, un montón de capulines, manzanas, naranjas y peras.
Siempre perdemos cuando un día, ya grande de edad, te das cuenta que olvidaste la capacidad de sorprenderte con los hechos más sencillos, pero sin duda más importantes en la corta existencia que nos toca transitar. Acudimos a los recuerdos, propios o heredados de los hermanos mayores, para intentar, antes de llegar al cierre del camino, recuperar esa forma mágica y única con la que nuestros padres podían ser verdaderamente felices con un solar de frutas, verduras y legumbres.
A veces pasa por la mente, la idea de que uno debiera quedarse para siempre en el lugar donde nació, sin necesidad de ir a ninguna parte, y conocer, reconocer todos los días durante los 70, 80 años que se viva, la vereda que conducía a la laguna, a la cancha de básquet, a iglesia de Padre Jesús, o a la de arriba, que nunca he podido recordar el nombre que tiene. Y ese es precisamente el problema: la memoria, neciamente engañosa en no reconocer nada de lo que antes saltaba convertida en palabra, apenas se asomaba un fragmento de imagen, de sonido, de voz.
¿Cuál es la tarea vital de todo ser humano? ¿Conocer, salir, o quedarse y dominar, por lo menos, cada espacio del escenario donde le tocó vivir?
Una vez, en ese tapanco donde guardaban libros y hojas grandes de contadores, me dijeron que estaban las instrucciones justas, precisas, no solo para abuelo y papá y mamá, sino las de nosotros, sus nietos, sus hijos, con detalles claros, inobjetables del camino que habríamos de seguir para regresar, física o mentalmente, al mismo lugar donde un día aparecimos.
Estoy seguro que es así. Que nunca nos vamos a ninguna parte, como no sea al amor que guardamos por personas únicas que nos mostraron, precisamente, ese camino de regreso antes de partir.
Eso debe ser.
Mil gracias, hasta mañana.




